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Llegamos juntos a La Habana el día que acabó la Guerra Fría. El hambre y el bando de los vencidos nos hermanaron. Perdimos un par de países en estas tres décadas. Y aquí seguimos: igual, entre los perdedores y sitiados por nuevas penumbras. Pero con los cariños intactos.
Andrés Cañizalez, venezolano: el único de mis amigos periodistas extranjeros en Cuba, a quien Cuba no pudo inocular el Síndrome de Estocolmo castrista, aunque llegó joven. Un lustro después regresó desencantado a su país. Y lo agarró el chavismo.
En el entorno distópico, orweliano de la isla, aquellos amigos llegaron críticos del castrismo y el populismo. Sin embargo, los mexicanos, regresaron a México y se volvieron obradoristas; los ecuatorianos, a Ecuador, y se hicieron correístas… Hoy, toleran al castrismo.
Pero por ellos salí de Cuba: me dieron la luz de la libertad de expresión, el ideario del Estado de Derecho, libros prohibidos en la isla. Cuba modificó el pensamiento de ellos, pero ellos me hicieron converso de la democracia: la eterna fe de los conversos.
Pocos años gozó Andrés de la democracia en Venezuela. Chávez ganó las elecciones en 1998 y él perdió espacios en el periodismo y la academia, por ser contrario al régimen. Veinticinco después, permanece en Venezuela, igual de crítico.
La persecución del chavismo contra la prensa obligó a exiliarse a casi todos los intelectuales de su generación. Sin embargo, Andrés no sólo se quedó, sino que hizo una carrera ponderada, desde la crítica periodística, la investigación, los derechos humanos.
Doctor en Ciencia Política por la Universidad Simón Bolívar de Caracas, autor de La democracia desmantelada y 20 años de censura en Venezuela, Andrés es hoy voz cimera de la denuncia constante contra la opresión del chavismo-madurismo.
Al escribir sobre Andrés, escribo indefectiblemente sobre aquellos amigos extranjeros de los años duros de la Cuba posterior al derrumbe del bloque soviético. Todos solidarios, cada uno puso un granito de arena para que pudiera irme al mundo libre: recursos, documentos, influencias y más.
Pienso en el prefacio de Milan Kundera al libro Los míos, de Jean Daniel (Galaxia Gutenberg, 2012):
Es natural: cada cual se considera autor exclusivo de su actitud, de sus convicciones, de sus actos: de sí mismo. Pero un buen día, percibimos a nuestro alrededor una comitiva de personas y reconocemos en ellas a algunas sin las cuales no seríamos lo que somos. Jean Daniel las llama “los míos”.
Ya sólo me frecuenta Andrés. La ocasión más reciente fue en la reapertura de la cantina Centenario, en la colonia Condesa, de la CDMX. Es un infortunio: la política separa. “Mis amigos son amigos mientras piensen políticamente como yo”, escribió el Che Guevara.
Pero Andrés y yo pensamos parecido. Nuestra amistad sigue viva.