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Desde finales del 2025 y hasta la semana pasada el presidente de Estados Unidos ha amenazado constantemente con terminar el T-MEC. Evidentemente que la primera advertencia causó efectos negativos en los mercados. Pero ahí empezó el cuento de “Pedro y el Lobo”.

La advertencia del miércoles pasado de Donald Trump de acabar con el acuerdo trilateral se toma en cuenta, sí, pero ya tiene un efecto limitado; en buena medida porque es imposible borrarse de la cabeza esa política del TACO (Trump Always Chickens Out).

Trump es capaz de muchas cosas, pero falta a la verdad cuando dice aquello de que Estados Unidos “no necesita nada que tenga Canadá ni que tenga México”.

Sin duda, la Casa Blanca tiene formas muy agresivas de negociar; pero, más allá del estilo-Trump, esa voluntad de ampliar plazos, multiplicar encuentros y prolongar las discusiones es, paradójicamente, el indicador más sólido de que ninguna de las partes quiere realmente romper la simbiosis de la integración regional.

De acuerdo con los modelos de probabilidad de firmas financieras como Kalshi y reportes de Scotiabank Economics, las posibilidades que el mercado asigna a que Trump cumpla su palabra de salirse o denunciar de forma absoluta el T-MEC son de 10%; sin embargo, las opciones de que se renueve de manera automática este 1 de julio son también de 10 por ciento.

Lo interesante es lo que hay en medio. Los apostadores y los analistas creen que hay 42.5% de probabilidades de una renovación a largo plazo después de julio, pero antes de las elecciones de medio término en Estados Unidos, aunque con cambios dolorosos para México y Canadá. Y hay 37.5% de apuestas a que el acuerdo caiga en el “modo zombi” de la muerte lenta de la “cláusula sunset”.

Más allá de la visión colérica de Trump, el consenso se ha movido hacia la realidad de que el comercio ya no se evalúa bajo la óptica de la eficiencia de las cadenas de suministro, sino bajo la perspectiva de la seguridad nacional estadounidense y la contención geopolítica. No se anticipa “libre comercio” tradicional, pero sí un alejamiento regionalizado de China.

Si Estados Unidos optara por el rechazo absoluto al comercio preferente en su propia región el costo sistémico para su propia economía sería impagable. Sectores clave como el agrícola, el automotriz o de tecnología sufrirían disrupciones incorregibles.

Washington busca ganar tiempo para poner la pierna dura y presionar a sus socios, porque hay presiones políticas de por medio: los sindicatos manufactureros quieren más aranceles a las importaciones y el sector agrícola exige mecanismos de estacionalidad más estrictos. Son grupos mucho más ruidosos que las cámaras de comercio, la industria farmacéutica o las grandes corporaciones que buscan la ratificación del pacto comercial.

Por eso, lo que delata la multiplicación de las mesas de trabajo y la extensión de los calendarios de este mes no es debilidad, es interés de las tres partes de lograr algún acuerdo.

Es poco probable que se logre la ratificación inmediata en 15 días, casi imposible que Estados Unidos rompa a la mala el acuerdo con efecto inmediato. El escenario real se mueve entre una extensión alevosa por parte de Estados Unidos o la muerte lenta, pactada, con revisiones anuales. Lo importante es que sigue el diálogo.

El consenso se ha movido hacia la realidad de que el comercio ya no se evalúa bajo la óptica de la eficiencia de las cadenas de suministro, sino bajo la perspectiva de la seguridad nacional estadounidense y la contención geopolítica.