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La semana pasada los mercados de renta variable a nivel global registraron su mayor retroceso en casi dos años. Durante la semana, el índice Dow Jones registró un retroceso de 4 por ciento.

La caída se aceleró de manera significativa el viernes y el lunes, cuando el Dow tuvo sus dos peores días desde el anuncio del Brexit en junio del 2016, cayendo 650 puntos o 2.5% el viernes y 1,176 puntos o 4.6% el lunes, mostrando una ligera recuperación después de haber llegado a perder casi 6% a 50 minutos del cierre de la cesión.

El débil desempeño de los últimos días es atribuible a tres razones principales: i) resultados corporativos por debajo de lo esperado; ii) el reporte de empleo que superó las expectativas y además arrojó un crecimiento por arriba de lo esperado en los salarios; iii) el alza en las tasas de interés de largo plazo generada por la percepción de que la inflación, ausente durante varios años, podría requerir de una política monetaria más restrictiva, siendo este último punto el de mayor peso en la caída del mercado.

Aunque el ajuste viene después de una racha alcista prácticamente ininterrumpida desde noviembre del 2016 con bajísimos niveles de volatilidad, la magnitud y velocidad del ajuste de las últimas dos sesiones ha puesto nerviosos a varios inversionistas.

Hace dos meses dedicamos este espacio a analizar las variables que podrían descarrilar el gran mercado alcista de los últimos años y concluimos en que el principal factor de riesgo era un alza en las tasas de interés de largo plazo.

En aquel momento, destacamos que uno de los principales impulsores del bull market había sido el nivel extraordinariamente bajo de la tasa libre de riesgo; es decir, las tasas de interés a largo plazo. Asimismo, destacamos que, a pesar de que la Reserva Federal había incrementado la tasa de referencia de corto plazo —de 0.25 a 1.50% durante el 2017— y que el mercado anticipaba tres alzas adicionales durante el 2018 para llevar la tasa hasta 2.25%, la tasa de interés de largo plazo se había mantenido sin cambios.

Adicionalmente argumentamos que, dado el contexto actual, era muy probable que la tasa de largo plazo comenzara a subir pronto, y que los mercados accionarios podrían ser vulnerables, en especial si ésta se daba de manera súbita.

A principios de diciembre del año pasado, la tasa de interés de largo plazo se ubicaba en 2.32%, nivel que parecía artificialmente bajo dado el contexto de pleno empleo, una economía creciendo a una tasa vigorosa y una Fed deshaciéndose de parte de los bonos de largo plazo que fue acumulando durante su programa de expansión cuantitativa.

Una de las razones por las cuales la tasa de largo plazo se mantenía baja era la ausencia de presiones inflacionarias. Sin embargo, las cifras de empleo de enero arrojaron un dato clave: los salarios crecieron 0.3% con respecto a diciembre y 2.9% con respecto a enero del 2017.

El crecimiento salarial fue el mejor desde el 2009, y el hecho de que se haya materializado a pesar del incremento en el número de trabajadores, es la primera señal en mucho tiempo de presiones inflacionarias en el mercado laboral.

Aunque parte del alza se debe a que hubo incrementos en el salario mínimo en 18 estados, queda claro que la holgura en el mercado laboral que permitía un fuerte crecimiento en el número de empleos sin generar presiones salariales se ha esfumado.

En este contexto, la tasa que pagan los bonos del Tesoro a 10 años pasó, de 2.32% a principios de diciembre, a 2.85% al cierre del viernes, su nivel más alto desde enero del 2014.

La combinación de valuaciones relativamente altas y el alza en las tasas de interés podrían contribuir a que el ajuste en los mercados accionarios se convierta en una corrección; es decir, una caída acumulada mayor a 10 por ciento.

Sin embargo, la economía global se mantiene robusta y las utilidades de las empresas podrían acelerar su crecimiento. No obstante, antes del ajuste, los mercados parecían estar ya descontando las buenas noticias, dejando poco espacio para sorpresas negativas.

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