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Los refugiados que entran y las miles de inversiones que salen despavoridas son los problemas que enfrenta Grecia.

Hace no más de dos años las primeras planas y los espacios más destacados de los medios electrónicos estaban volcados a cubrir la complicada situación económica, financiera y social que vivía Grecia.

Hasta sus procesos electorales eran motivo de atención, sobre todo cuando la extrema izquierda amenazaba con descarrilar el proceso de negociación de una ayuda financiera emergente para un país que estaba al borde de la quiebra y con ella amenazaba su estadía en la unión monetaria europea.

El último capítulo de atención global fue aquel voto de confianza que consiguió el primer ministro, Alexis Tsipras, en una elección adelantada en la que los más radicales se marginaron para dejar a un grupo de moderados que aceptaron las condiciones de la llamada Troika, conformada por los acreedores.

Y así, a la par que Grecia desaparecía de la atención mediática mundial, los problemas para los griegos apenas comenzaban.

Las obligaciones impuestas para salvar la membresía del euro incluían cambios radicales para una población ciertamente acostumbrada al dispendio del dinero público. Además de disminuciones en la plantilla burocrática y las privatizaciones, acordaron hacer un cambio en el sistema de pensiones.

El mundo entero quiere cerrar los ojos al enorme problema que implican los sistemas de jubilación en la mayoría de los países, pero para Grecia era una obligación para su permanencia en el manto de la moneda única.

A la par de estas ríspidas negociaciones internas para lograr cumplir con la larga lista de exigencias de los socios europeos, se agravó una crisis que regresó los reflectores al país mediterráneo, pero con la luz puesta en las costas helénicas.

La tragedia de los migrantes es, primero que nada, una desgracia humana para aquellos que se ven obligados a dejarlo todo para salvar la vida.

Pero Grecia también lleva su dosis de victimización en este caso, porque implica mediar entre la crisis humanitaria de los que llegan, la mala situación económica de sus ciudadanos y la negativa de sus vecinos de abrir sus fronteras para repartir la carga de los que llegan.

La desdicha migratoria para los griegos va en dos direcciones: los refugiados de guerra de Oriente Medio que entran y las miles de inversiones que salen despavoridas de este país europeo.

Grecia está en recesión y cobra impuestos altos, son incentivos suficientes para que muchas empresas busquen refugio en Chipre o Bulgaria, que gustosos cambian la recepción de capitales por incentivos fiscales.

Lo nuevo es que el gobierno griego de Alexis Tsipras no podrá cumplir con las metas financieras comprometidas y que le darían acceso a un nuevo tramo del rescate financiero, ese que los mantienen con el respirador artificial de seguir en la zona euro.

La Unión Europea no tiene entonces sólo la amenaza británica de hacer valer su condición de isla separada del Continente europeo. También pesa aquella posibilidad de que la falta de crecimiento económico impida a Grecia alcanzar sus objetivos financieros que los mantenga pegados al sueño de un bloque unido por una sola moneda.