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En su colaboración de ayer, José Carreño Carlón recuerda la sugerencia para Estados Unidos del ex editor  de The economist, Bill Emmot, sobre la elección de noviembre: “Esperen lo mejor, pero prepárense para lo peor” (http://eluni.mx/2aKe4bQ).

México ha decidido no tomar una posición pública contra Trump, en el supuesto de que combatirlo frontalmente lo fortalecerá, extendiendo el sentimiento antimexicano, ahora por nuestras pretensiones intervencionistas.

Esta cautela es una forma de la ausencia. Viene la antigua tradición de no meterse activa y públicamente en la política estadunidense porque ellos podrían meterse activa y públicamente en la nuestra. Tardarían exactamente una elección, sigue el argumento, en decidir quién gobierna México.

La política de no meterse tuvo un intervalo de excepción durante la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, del que México no ha cosechado sino beneficios. Es precisamente la herramienta que Trump ha puesto bajo fuego y que parece condenada a revisarse, gane quien gane en noviembre.

No hay constancia pública de que el gobierno de México haya trabajado en diseñar una política de estado hacia su gran vecino del norte.

La relación con el vecino se negocia caso por caso, gobierno por gobierno, agenda por agenda. Más allá de una mayor cobertura consular, no parece haber una estrategia de contacto con la gran comunidad mexicana de allá. (Tampoco, por cierto, con el millón de estadunidenses que viven en México).

No tenemos un diseño de lo que queremos de Estados Unidos: del gobierno federal y del congreso, de su política migratoria, de su política antidrogas, de sus medios, de sus gobiernos locales, de su establecimiento científico y educativo. Tampoco tenemos una noción estratégica de lo que ofrecemos y del valor de lo que ofrecemos.

La verdad, no estamos preparados para tomar posiciones frente a Estados Unidos ni en público ni en privado. Nuestra conversación es desventajosa porque no sabemos qué queremos. En gran parte, porque sigue dominando nuestra cabeza la idea de que con Estados Unidos más vale no meterse: entre más lejos, mejor.

No estamos preparados, entonces, ni para lo mejor ni para lo peor de lo que nos depara la elección de noviembre. Hay que ponerse a trabajar en esto, empezando por fulminar el chip abstencionista.

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