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Hay algo nuevo en la crítica que acompaña a la presentación en sociedad de la Nueva Escuela Mexicana: se discuten asuntos propiamente educativos, conceptos rectores, planes de estudio, libros.

Quedaron al margen las cuestiones sindicales, sus querellas con las autoridades, su exigencia de puestos burocráticos y curules.

Apenas se escucha la voz política del magisterio. Se escuchan en cambio los análisis de especialistas, la sorpresa de científicos y pedagogos ante el contenido de los libros y las debilidades conceptuales del proyecto.

Algunos padres atentos empiezan a escuchar la voz de sus niños. Sé de uno que se alarmó cuando su niño le dijo: “Papá, este año va a estar muy fácil. No llevamos matemáticas”.

Algunos directores de escuela empiezan a conversar con sus maestros y maestras sobre la enorme dificultad de utilizar los materiales que han recibido, y de cumplir las tareas adicionales que les piden.

Sé de uno que ha llegado a la conclusión, con su equipo docente, de que prescindirán del nuevo programa y empezarán clases con los materiales del anterior, que está vigente en la ley. Para lograr esto andan pidiendo a los padres de familia que traigan a la escuela los libros usados de sus hijos en grados anteriores.

Supongo que eso es lo que estarán haciendo también los directores de escuelas de los estados que, en cumplimiento de la ley, decidieron no repartir los libros nuevos.

Y aunque me congratulo, como Alma Maldonado (@almaldo2), pedagoga y autora predilecta, de que la discusión de estos días tenga sobre todo un contenido educativo y no político-sindical, diré que echo de menos en el debate a los actores que puedan exigir del Estado ese pequeño detalle del que no habla su reforma: el dinero.

¡El dinero, Presidente! ¡El dinero, legisladores! ¡El dinero de sobra para la educación que quieren transformar de sobra!

Dinero para capacitar a los maestros en sus nuevas tareas. Dinero para compensar a los padres por el tiempo que les exigirá ahora la educación de sus hijos.

Dinero para que exista al menos ese viso de realidad, el de los despreciables pesos y centavos, en la quimera sin presupuesto que es la llamada Nueva Escuela Mexicana.