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Muy inquieto está el gobierno viendo pasar los meses sin que sus proyectos den muestra de avance y certidumbre de conclusión.

El elefante reumático que es el Estado, según el afortunado dicho del Presidente, no puede cubrir con sus lentos reflejos el cambio frenético que quiere el gobierno.

Al paso del elefante estatal, la transformación prometida por el gobierno tardará años en llegar, y solo quedan tres: de aquí a 2024. En realidad solo dos, pues el tercero es de elecciones, y para entonces habrá que entregar algunos resultados: al menos parte del nuevo aeropuerto, de la refinería de Dos Bocas, del Tren Maya, del canal Transístmico; un Pemex no tan quebrado, una CFE no tan deficitaria, programas sociales cumplidos.

En suma: un Estado activo, rector de una transformación rebosante de obras, programas, inauguraciones.

Para alcanzar ese estado de gracia transformativo, el gobierno descubrió que debía transformar también al elefante reumático, volverlo un atleta.

Entonces, anteayer, el gobierno emitió un decreto para quitarle las restricciones al elefante, de modo que pueda moverse sin estorbos, como un bólido de Fórmula 1, en el coto de caza de la obra pública. Basta de escalones para las reumas del elefante, se dijo el gobierno.

Ya está bastante viejo como para que además deba sortear obstáculos, permisos, dictámenes, licitaciones. Por esto, en el acuerdo emitido anteayer, el gobierno “instruye a las dependencias y entidades de la Administración Pública Federal a otorgar autorización provisional a la presentación y/u obtención de los dictámenes, permisos o licencias necesarias para iniciar los proyectos u obras, y con ello garantizar su ejecución oportuna”.

El acuerdo añade: “La autorización provisional será emitida en un plazo no mayor de cinco días hábiles. Transcurrido dicho plazo sin que se emita la autorización provisional expresa, se considerará resuelta en sentido positivo”.

La gramática no es clara, pero el mandato sí: fuera máscaras, fuera controles burocráticos, dejen de fastidiar al elefante.

El elefante liberado no engendrará eficiencias, sino algo parecido a aquellos gremlins de la película de Steven Spielberg: faunas de funcionarios y contratistas sin control, insaciables, salidos de todas partes, pelando el presupuesto.