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80.2% de los mexicanos cree que todos los delitos deben castigarse con cárcel.

El 74.5% cree que los acusados de un delito deben estar presos en lo que se averigua si cometieron el delito por el que se les acusa. Estos son datos de la más reciente encuesta de la organización Impunidad Cero, dada a conocer el 23 de agosto pasado.

Las cifras retratan en primera instancia a una sociedad de ánimo acusadamente punitivo. Una sociedad que, en su saturación psicológica y moral por la inseguridad, quiere más castigos, aunque sean injustos, y penas más severas aunque sean para delitos poco graves. No le concede en principio derechos a los acusados: ni a la presunción de inocencia, ni a un juicio justo que respete el debido proceso.

Tampoco exige de la autoridad que detenga a los verdaderos criminales y pruebe su culpabilidad. No busca quién la hizo sino quién la pague. A esta sociedad de ánimo punitivo nada parece decirle la aberración de que más del 40% de los presos que hay en México no hayan sido sentenciados, no hayan sido encontrados culpables, es decir: sean inocentes.

Es una dureza moral y legal que viene de la ignorancia más que de otra cosa, la ignorancia de creer lo que parece obvio a primera vista: que entre más altas las penas y más dura la mano policial, menos delincuencia y mayor seguridad. Esa moral social punitiva ha estado siempre ahí, bien sembrada, en lo que deberíamos llamar la incultura cívica de México.

Jorge Castañeda observa, con perspicacia y sutileza histórica, que, pese a los rasgos autoritarios que les eran inherentes, los presidentes mexicanos siempre trataron con pinzas estas creencias de su sociedad y buscaron contenerlas, más que usarlas a su favor, o en contra de sus adversarios políticos. https://bit.ly/3KrpQsw

Entendían que esas pasiones punitivas expresan algo de lo peor de nuestra sociedad y son un licor tóxico que vale más no agitar ni beber.

López Obrador no ha tenido esta autocontención, dice Castañeda, sino que “apela a lo peor de la sociedad mexicana: el resentimiento, la pasividad, el individualismo exacerbado, la incultura política”. Y a una utilización desmedida, añado yo, de sus poderes de encarcelar sin juicio, acusar sin pruebas y politizar la justicia.