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Tiene razón Carlos Marín en su columna de ayer en MILENIO: nadie ampararía mejor las quejas de los morenistas inconformes por el piso disparejo de su partido que el Instituto Nacional Electoral y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Pero son los mismos morenistas quienes quieren echar del campo al INE y al TEPJF. En el pecado llevan la penitencia: abuchean lo que necesitan.

La falta de piso parejo en la contienda de los precandidatos presidenciales morenistas es penosa evidencia de todos los días.

Empiezan a ser legión las quejas por la opacidad, mejor: por la transparente arbitrariedad con que se manejan los procesos internos del partido. La dirigencia y los gobernadores de Morena hacen y deshacen. No hay garantías siquiera para registrarse como aspirantes a contendientes.

Y en medio del chanchullo de las consignas y las quejas de los excluidos, enloquecen hasta las computadoras. Tanto, que volvemos a oír en palabras de la dirigencia morenista el mantra de la gota gorda de los tiempos priistas: “Se cayó el sistema”.

La verdad, según los opositores internos del partido, es que el sistema morenista no está caído, sino que está siendo ejercido a cabalidad.

Porque, desde su inicio, como pueden atestiguarlo también los observadores externos, Morena es un partido de aluvión con caudillo, un barullo disciplinado por las consignas de los mandones de la organización, en tanto personeros del mandón único. Los inconformes, los excluidos, los tachados por consigna de Morena, padecen en carne propia la falta de institucionalidad del partido.

Mejor dicho: padecen la institucionalidad torcida, clientelar y caudillil que desde su origen caracteriza a Morena.
No puede producirse ahí el piso parejo, porque lo que hay en el fondo es sólo un presídium único arriba y graderías variopintas abajo.

Lo que podría emparejar el piso en Morena es disminuir el presídium. Porque esa es la cosa constitutivamente dispareja que hay en Morena, el hecho de que tiene sólo dos pisos: el piso donde pisa el señor del presídium y el piso donde se pisan entre sí, se acomodan o se quejan los demás.