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La dictadura cubana es la más larga catástrofe política de la historia latinoamericana.

Con todo su horror de tiranía y pobreza no alcanza, sin embargo, las cotas de homicidio colectivo, hambrunas genocidas y terror político cotidiano de los comunismos soviético, chino o kampucheano.

Para empezar, la dictadura cubana no congeló en el tiempo y en el terror a una tercera parte de la humanidad, como sus modelos euroasiáticos y africanos.

No congeló siquiera a una veinteava parte de la población de América Latina. Congeló a una pequeña isla, antes próspera, hoy de 11 millones de habitantes empobrecidos y oprimidos.

Increíble que la izquierda latinoamericana no haya hecho su ajuste de cuentas con la cuenta de tantos seres humanos destruidos por el comunismo mundial.

Y que conserve, en su corazón ideológico sentimental, algún aprecio por un régimen como el cubano, cuyo fin alguna vez fue la libertad, pero cuya sociedad se quedó congelada, hace más de medio siglo, en las ubicuas redes de una dictadura mendicante, cuya dureza económica y política debieran sublevar cualquier mirada de izquierda.

Increíble la influencia y la adhesión que conserva en la izquierda latinoamericana una revolución como la cubana, toda ella involución, puro pasado encogido, en un país sin futuro.

Increíble también que la izquierda continental, que converge en el Foro de Sao Paulo, arrope como afín en lo esencial a su proyecto las derivas dictatoriales de Nicaragua y Venezuela.

En el fondo, quizá, es porque esa izquierda sigue comiendo la papilla de las revoluciones comunistas como intentos justicieros de la Historia, cuyos fines buenos siguen vigentes, aunque se hayan equivocado los medios.

Al final de sus prolíficos años dijo Eric Hobsbawn: “El comunismo continúa vigente como motivación y utopía”.

No. Creo que ninguna utopía puede quedar vigente si no logró nada y si cobró en el intento tantos millones de vidas:

URSS, 20 millones; China, 65; Corea del Norte, 2; Camboya, 2; África, 1.7; Afganistán, 1.5; Vietnam, 1; Europa Oriental, 1.

El monstruoso niño de teta en este matadero fue la América Latina: “sólo” 150 mil*.