El historiador Enrique Florescano recibirá hoy el Premio Alfonso Reyes en Humanidades que entregan El Colegio de México y la Fundación Colmex. Lo celebro enormemente.

Enrique Florescano ha sido un maestro en la cátedra y en la investigación.

También en el difícil arte de vincular a la academia con el público, al público con el conocimiento y al conocimiento con proyectos editoriales que lo vuelvan accesible. Ha dejado una huella fecunda en todos esos ámbitos, con invariable rigor y pasión intelectual.

Alguna vez escribió Daniel Cosío Villegas que el drama de su generación, la de 1915, había sido que sus miembros tuvieron que cambiar la pluma por la pala, dedicar sus mejores esfuerzos al hacer, sacrificando con ello el escribir.

Enrique Florescano ha sido un intelectual de la pala y de la pluma. Es un historiador prolífico, original y concentrado, que no ha dejado nunca la biblioteca ni el archivo.

Y un activo hacedor en el ámbito de la cultura. A partir de su obra fundadora sobre los precios del maíz y la Independencia de México, libro tras libro, Florescano ha terminado pintando un fresco impresionante de la construcción de la identidad mexicana.

A la exploración de este proceso dedicó algunos de sus más fecundos títulos: Memoria mexicana (1987, 1994), Etnia, Estado y nación (1996) y Memoria indígena (1999).

Florescano es coautor también de incontables libros y bibliografías sobre los más diversos temas: la Nueva España, la estructura agraria, las sequías históricas, la fauna y la flora, la economía, la Revolución mexicana, las reformas borbónicas y las rebeliones agrarias de México.

Ha sido también un editor infatigable, inventor de colecciones y publicaciones que han dejado larga huella en la cultura mexicana.

En enero próximo cumplirá 43 años la revista Nexos, que debe a Florescano su fundación y espíritu.

Como organizador de la cultura, Florescano no confundió nunca independencia con antigobiernismo, ni calidad con aislamiento y torres de marfil.

Hubo siempre en él una profunda fe en la cultura y en las ideas como agentes civilizadores, y en la educación, en particular la educación superior, como el lugar donde han de pensarse en profundidad creativa el pasado, el presente y el futuro de México.