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La Ciudad de México, a causa del agua, es un mal chiste derivado de dos caprichos culturales. La asombrosa ingeniería de los prehispánicos que supieron diseñar una ciudad de cinco lagos controlados, de aguas diversas y la obsesión de los conquistadores españoles, a quienes la ocupación de su tierra por parte de los moros les había traído al mismo tiempo la cultura del agua y el repudio a ella. Antes de los árabes, los peninsulares raramente se aseaban.

Decía el uruguayo Eduardo Galeano a principios de siglo, en su casi historia del mundo, que “España se llevaba mal con el agua, que era cosa del demonio y el árabe, y del agua vencida nació la Ciudad de México”. La capital de nuestro país tiene su destino atado al agua, oscilando entre las teorías de retorno a la ciudad lacustre, que tantos años impulsó Nabor Carrillo, por un lado y la definitiva desecación de la costra que hemos venido construyendo encima de una ignota caverna donde hubo alguna vez grandes lagos.

La segunda opción quiere llamarse ganadora, si a lo que estamos viviendo se le puede llamar victoria. Este año se cumplen cincuenta años exactamente del sistema llamado de drenaje profundo, impulsado por Gustavo Díaz Ordaz para “remediar” as inundaciones de la gran ciudad que acabaron con las aspiraciones políticas de Ernesto Uruchurtu, llamado Regente de hierro.

272 kilómetros de túneles que van de tres a diez metros de diámetro a diferentes profundidades, están supuestos para desahogar cualquier cantidad de agua que Tlaloc mande sobre sus tribus, y librarlas así de las molestas inundaciones. A pesar de estar, me dicen, al ochenta por ciento de su capacidad no sirven para ello.

Independientemente de que en los cincuenta años transcurridos el caótico desarollo de la ciudad ha superado cualquier genialidad de ingeniería, ninguna de las siete empresas que colaboraron en su construcción pudo prever la maligna conducta de sus habitantes. No hay sistema de drenaje que sea capaz de arrastrar toda la basura que irresponsablemente los mexicanos arrojamos a las calles taponando cualquier vertiente de desahogo.

De paso, debe decirse que ese fenómeno no es privativo de la Ciudad de México sino de todas las grandes concentraciones urbanas que hemos ido poblando el siglo pasado y lo que llevamos de éste.

¿Solución?

Nos contaba hace años el profesor Carlos Hank González, que él tenía la solución para todos los problemas de la ciudad que entonces gobernaba: aprovechar cualquier Semana Santa y dejar que salieran todos los vacacionistas, para luego cerrar los accesos a la  ciudad y no dejarlos regresar.

A pesar de lo irrealizable, no parece haber otra alternativa.

PILÓN: PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Me da francamente hueva, pero a estas alturas del sexenio ya nos hemos metido al deporte favorito de los mexicanos, la grilla de la sucesión adelantada.

Y no solamente para lo que llaman la Grande. A niveles de las gubernaturas que han de renovarse, ya se soltaron los potrillos.

Lamentablemente, uno tiene que evocar la frase de Rubén Figueroa, viejo zorro de la vieja política mexicana (no hay de otra) :por todos lados, las caballadas están flacas

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