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Se diría, dada la reacción de comentaristas y observadores, que el gobierno mexicano ha suspendido indefinidamente la más popular de sus reformas.

Confieso mi sorpresa ante los altos registros de la protesta contra esa decisión. Me pregunto si estará sucediendo así también con las otras reformas, no solo con la educativa. A saber: si, un poco a la chita callando, también la abrumadora mayoría del comentariado coincide con ellas y vería con malos ojos su respectiva “suspensión indefinida”.

No sé si el gobierno podría haber recibido mejor noticia inesperada que esta, pues es verdad que en el tono de muchos observadores la impresión dominante respecto de las reformas es una especie de acuerdo distanciado, escéptico, no solo sobre la calidad de las reformas, sino sobre la capacidad del gobierno para llevarlas a cabo.

Lo que hemos leído en estos días es sorpresa, molestia, rechazo y hasta indignación por la suspensión de la reforma educativa. Se trata, notable paradoja, de la mayor adhesión por rechazo que el propio gobierno haya recibido a una de sus reformas. Quizá privaba en ese rechazo el ánimo de criticarlo, pero el fondo de la crítica es un elogio a su proyecto, al menos en el ámbito educativo.

El gobierno debería tomar nota de este hecho paradójico y saber que, una vez pasada la terrible emergencia que parecían plantearle sus clientes de la CNTE, podría empezar la segunda mitad del sexenio reponiendo a tambor batiente, con el beneplácito del respetable, la reforma educativa.

El domingo próximo sabremos si la negociación del gobierno con los delincuentes dio resultado o no, es decir, si tuvimos una jornada electoral tensa pero manejable, o algo más cercano a la hecatombe que prevén los encargados de contenerla.

A diferencia de la incierta realidad de esa hecatombe, el gobierno sabe hoy a ciencia cierta que reponer la reforma educativa tendrá el respaldo de la opinión pública, y hasta será la ocasión de refrendar su compromiso reformador, muy menguado en estos días.

Es de sabios cambiar de opinión, sobre todo cuando es obvio que teníamos la opinión correcta y nos mudamos a la equivocada.

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