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La materialidad, en efecto, puede no ser lo más importante, pero juega un rol central por sus efectos emocionales.

La teoría psicológica claramente lo define: la materialidad va de la mano con lo emocional.

En una crisis por desastre natural se pierde la sensación de seguridad física y material que, en consecuencia, alteran la tranquilidad personal y colectiva, lo cual se expresa en ansiedad, explosividad, desolación y desesperanza.

Por ello, ante una sensación de inseguridad brota el miedo -que es la emoción negativa más importante que nos carcome y se expresa de muchas maneras- y en consecuencia la incertidumbre, en tanto no se observa una solución, un regreso a la tranquilidad.

Y, sobre todo, quien lo comunique y atienda de manera objetiva y puntual.

Se puede inundar de apoyos materiales, pero si detrás de una estrategia de contención de la crisis se descuida el factor emocional, y por ende la atención cercana a la gente, lo más probable es que la dimensión de la ayuda no se capte en su justa dimensión, sobre todo si es insuficiente.

Un referente cercano es lo ocurrido hace 16 años en una de las terribles inundaciones que afectó a Tabasco, particularmente Villahermosa.

Los daños fueron cuantiosos, las pérdidas enormes.

Y como pocas veces se ha visto en el país, llegó una de las más grandes ayudas nacionales e internacional de abastos, bienes y recursos de todo tipo, una vez que fue factible tener acceso terrestre a la zona devastada.

Pero la gente afectada no alcanzaba a ver de manera suficiente los apoyos, máxime por el desorden con que fueron otorgados. Es una cuestión de percepción que está suficientemente fundamentada en las teorías psicológicas. Así somos los seres humanos.

Un ejemplo de ello es una entrevista difundida por la televisión donde una mujer lloraba mientras que se quejaba de que nadie la atendía, justo en medio de enormes contenedores de productos que estaban siendo entregados a los afectados.

Se puede tener toda la ayuda material, pero si no va acompañada del apoyo emocional, lo más probable es que no se perciba.

Es importante no confundir: no es lanzar palabras de consuelo para generar empatía. El apoyo emocional parte en gran medida de la atención directa.

La sociedad mexicana ha dado claras muestras espontáneas de solidaridad, de ayuda, incluso rebasando a las corporaciones y autoridades gubernamentales.

En los terremotos de 1985 surgió la ayuda inmediata de los ciudadanos para los ciudadanos, no sólo en el rescate de personas fallecidas, sino de los sobrevivientes que sufrieron daños en su materialidad.

Hoy en Acapulco parece necesario fomentar el apoyo de redes ciudadanas en las que líderes formales e informales pueden jugar un rol importante. Son miles los afectados. Se necesitan liderazgos grupales y colectivos que contribuyan a dar certidumbre.

Las redes ciudadanas, en caso de desastres, son centrales para el reparto de los apoyos -siempre apelando a la necesaria vigilancia de su actuación.

Pero especialmente se convierten en los vasos comunicantes hacia los afectados para atajar rumores, especulaciones y, sobre todo, recibir información puntual que ayuda a tomar control de la emocionalidad que desata todo desastre.

La gran tarea en Acapulco es apelar al apoyo de la sociedad -no a su exclusión-, no sólo de los lideres formales de organizaciones, sino los liderazgos informales que en ocasiones son los que más influyen y dan confianza en los grupos sociales.

Recuperar la continuidad de las actividades económicas y sociales en los meses siguientes dará certeza y estabilidad social.

Por ello es plausible se tenga en la mira la reconstrucción de todo lo necesario para retomar la actividad turística y comercial porque incide en la seguridad económica de todos.

La confianza y certidumbre es el aspecto emocional que también urge reconstruir en lo inmediato en Acapulco.

No todo debe recaer en las instituciones públicas.

*Consultor en manejo de situaciones críticas.
@LuisAlbertoRodr [email protected]