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El resultado preliminar del Producto Interno Bruto (PIB) de México durante el tercer trimestre de este 2022 puede resumirse con la palabra resiliencia.

Ahora, no es ningún resultado espectacular el reporte del Inegi de una expansión del PIB de 1% en comparación trimestral y de 4.3% en comparación contra el tercer trimestre del 2021.

La economía mexicana no ha recuperado todo lo perdido durante la pandemia y su consecuente confinamiento. Además, este país llegó al inolvidable 2020 con una recesión el año anterior, así que seguimos en pleno rebote.

Hay que recordar que todavía el 2021 fue un año complicado para la economía, y para todo lo demás, porque seguimos enfrentando las olas de Covid-19 que volvían a frenar el desempeño económico y el ánimo cuando pensábamos que ya había pasado lo peor. Por eso, ese 4.3% es un mero rebote desde esas partes tan bajas de la crisis.

Pero, en general, el resultado conocido en esta primera lectura del PIB parece adelantar la posibilidad de crecer más de 2% y si se mantiene el dinamismo en este cierre del año, hasta 2.5 por ciento.

Eso es algo que nos tiene que alegrar a todos, porque no es posible que nadie en su sano juicio desee un mal desempeño económico para México, pero tampoco se le puede otorgar un crédito a quien no se lo merece.

No, no hay nada que agradecer a las políticas públicas para explicar este comportamiento del PIB. Al contrario, la economía mexicana se mueve a pesar de las trabas que todos los días impone la 4T a la confianza y a la inversión.

Ninguno de los proyectos de gasto de esta administración, ni de creación de infraestructura, ni de gasto social, retribuyen en un impulso a la inversión privada que es la que realmente mueve a una economía como la mexicana.

La desviación de recursos públicos hacia proyectos no productivos, como el aeropuerto de Zumpango, la refinería del pantano o el tren de la selva, no encadenan inversión privada y sí distraen recursos para obras que podrían ser productivas.

Son las medidas más regresivas y neoliberales de esta administración las que casualmente podrían sí contribuir a un rebote más robusto del PIB. Subsidiar de la manera descomunal en que lo han hecho el consumo de gasolinas y abrir las fronteras de par en par a ciertas importaciones son alicientes para el crecimiento.

No son medidas para presumirse como muy de izquierda, tan de moda en América Latina, pero sí han servido para mantener la inflación baja y la economía en movimiento.

La resiliencia mexicana también incluye lo externo, sobre todo cuando el ánimo de los mercados y de no pocos agentes económicos apuntan a una inminente recesión en Estados Unidos.

Puede ser que con los datos que conocimos de la economía estadounidense y de la mexicana se pudiera librar la tan anunciada recesión o bien que sea tan ligera que no tire la recuperación del consumo en ambos países.

Pero, por lo pronto, la economía mexicana se mueve y nos alegra ver la resistencia que tiene un país que por tantos años ha sabido construir una armadura institucional que resiste todo tipo de embates e intentonas, tanto internas como externas.