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Una buena forma de conocer la economía de un país es ir a sus mercados y supermercados para conocer sus hábitos y posibilidades de consumo.

Por ejemplo —y en el extremo—, ir hoy a un supermercado de Venezuela es tener el pulso perfecto de lo que sufre un país que está en una crisis humana profunda. Anaqueles vacíos donde los consumidores no compran lo que buscan sino se llevan lo que encuentran.

Otros países como Argentina tienen anaqueles llenos con múltiples opciones locales, menos importaciones a las que estamos acostumbrados y ese toque de una cultura que se quiere apegar más a lo europeo.

En el norte de Europa, los supermercados privilegian los productos frescos, de producción local, las porciones de las golosinas o los refrescos son pequeñas y la costumbre lleva a los consumidores a compras moderadas, a pesar de su altísimo poder de compra.

En China, —en la China urbana de rápido crecimiento— se mantiene la tradición de los mercados. Ahí se pueden encontrar muchos más productos frescos que empacados. El bajo respeto a los derechos de los animales se ve, por ejemplo, en las jaulas repletas de gallinas vivas o en peces abiertos en dos y con el corazón latiendo.

Estados Unidos tiene anaqueles repletos de porciones gigantescas. En un supermercado se puede encontrar de todo y en cantidades propias del medio mayoreo. Además, hay tiendas especializadas donde se consiguen productos inimaginables.

Más allá de los frenéticos y desenfrenados hábitos de consumo estadounidenses, una virtud de ese mercado es la gran cantidad de marcas que existen, eso permite una competencia real.

Los supermercados mexicanos se han llenado de paquetes y envases con enormes porciones, gran cantidad de productos importados, con una debilidad cultural por los nombres en inglés. En los pasillos de los refrescos, las cervezas, las botanas, el pan, los jabones, hay muchas variedades de muy pocas marcas.

Le quedan cada vez menos marcas locales a los anaqueles. Muchas de las que sobreviven pertenecen a corporativos internacionales. Hay pocas opciones de productos de pymes; de opciones artesanales ni hablar.

Las opciones de consumo en los mercados, sobre todo de las ciudades más pequeñas, son más apegadas a una tradición del granel y del trato personalizado, pero son cada vez más escasas.

Muchas marcas en pocos holdings puede ser un asunto tolerable si no impiden la entrada de nuevos competidores, si no presionan a sus distribuidores, si no se coluden para determinar precios, en fin. Si las empresas son fuertes, la autoridad lo debe ser también.

La Procuraduría Federal del Consumidor muestra tener ganas de hacer mejor las cosas, al menos eso parece el ánimo de su nuevo titular, no nos queda más que el beneficio de la duda.

La Comisión Federal de Competencia Económica se dejó ver recientemente con las sanciones a los coludidos polleros de Bachoco, Pilgrim’s, San Antonio, Tyson y Pollo de Querétaro, que se pusieron de acuerdo para dañar a los consumidores. Pero eso es un grano de arena en la toda playa.

Muchas de las multas y sanciones que se aplican a las empresas abusivas son pequeñas con respecto al beneficio que pueden obtener. Su costo de oportunidad los lleva a tomar el riesgo y, si son sancionados, muchas veces son gastos contemplados en sus estimaciones.

La colusión de precios, los arreglos de licitaciones, la división de mercados, confusión deliberada, boicots comerciales, el condicionamiento, en fin, una larga lista de prácticas que tenemos que aprender a ver y entender como actos criminales.