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Los invasores. No hace mucho anduve hurgando entre las raíces de mi afición por las artes escénicas. Me recordé que en mi infancia vagante en el centro de Monterrey y a media mañana, cuando había ocasión, me colaba a las carpas donde los artistas de circo ensayaban para sus funciones de tarde y noche; para la matiné el calor de mi pueblo no se presta. Ahí, sobre los tablones grises de las gradas podía yo pasarme lo que parecieran horas viendo a los saltimbanquis, malabaristas, caballistas y -sobre todo- bellísimas mujeres del trapecio, pulir sus rutinas buscando la perfección. Algo en mi interior me dijo entonces que de ahí soy.Más tarde lo iba a ratificar.

Los circos colocaban sus carpas entonces en los terrenos que la llamada canalización del río Santa Catarina, que atraviesa la ciudad, le había robado al río, casi siempre seco, pero que en 1939 la había pegado un susto a los regiomontanos desbordando sus aguas en una crecida casi a los límites del norte de la urbanización. La pendiente natural del terreno deja a los territorios del sur a salvo de esa amenaza.

Durante el gobierno de Ignacio Morones Prieto, años cincuenta, se hizo la canalización del Santa Catacha con la pretensión de obligar a las aguas a tomar un curso recto, al menos a su paso por el centro de la ciudad. Para ello se colocaron taludes de grandes bloques de roca dura, que supuestamente domeñarían las corrientes. Y las finas.

En esa presunción, las aves de rapiña de terrenos y propiedades se adueñaron de las tierras que pensaron robadas al río. En lugar de preservar esos terrenos como reserv en defensa de las crecidas de las aguas, construyeron edificios. El Estado y el municipio se apresuraron a hacer dos vías ribereñas para desfogar el tránsito vehicular: la del norte se llama Constitución y la del sur Morones Prieto, of course. Las aguas que trajo el Alberto la semana pasada pusieron al descubierto lo tonto de la actitud. La corriente erosionó la base arenosa de Constitución en varios puntos, y le dio mordiscos severos a lo que llaman carpeta asfáltica, que no es más que el betún de un pastel endeble que hay que volver a pavimentar. Y volver, volver, volver.

Lo importante aquí, y por lo mismo lo que se olvida, es que somos nosotros los que hemos invadido terrenos que le pertenecen a la naturaleza, ya sea en forma de agua, maleza o fauna. Los intrusos somos nosotros.Monterrey ha crecido estúpidamente hacia el sur, hacia las montañas. Las casas más opulentas se encuentran en esa área, que es donde está el Club Campestre de Golf, San Pedro, Valle Alto o Chipinque. Desde donde se ve mejor la ciudad.

De repente en el verano, diría Tennesee Wiliams, aparecen en los patios, jardines, albercas o cocinas de esas residencias, enormes osos negros a los que el hambre ha obligado a buscar en los botes de basura algo de comer y en las aguas cloradas de las albercas donde darse un chapuzón. Y lo mismo hacen zarihueyas, coyotes, mapaches, pumas y uno que otro chango. Y les llamamos invasores. Como acusamos al agua que haya inundado las calles que están donde no debían y las avenidas que, como su nombre lo indica, eran vías propias del elemento que les diseñó un curso.Y que también hizo crecer árboles medianos en el plan del río, que ahora pretenden talar los ecocidas.

PARA LA MAÑANERA, porque no me dejan entrar sin tapabocas): ¿Por qué tanto argüende en torno a la decisión de Lopitos de poner la llamada Guardia Nacional bajo la égida del Ejército, y que ya tiene el endoso de la presidente Sheinbaum? ¿No se han dado cuenta de que la GN estuvo ahí desde siempre? ¿De que su organización, prácticas, uniforme, estructura y mandos han sido siempre militares? Lo única que resta es hacer legal este matrimonio y supuestamente -como todos los matrimonios- indisoluble porque va a estar en la Constitución. Para la Guardia Nacional ahora solo resta cambiarle el nombre por el de Policía Militar. Y ahí surgirá otro negocito para los fabricantes de escudos, uniformes, escarapelas y otras insignias.

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