Un recuerdo de que no existe nada eterno

Un recuerdo de que no existe nada eterno - Foto de Ana Paula Cámara
Foto de Ana Paula Cámara

Los forenses debemos renovar nuestro calzado frecuentemente, por el desgaste normal y los químicos utilizados en la limpieza de las escenas

Los peritos tenemos trucos y técnicas que hemos conseguido al mimetizar los remedios de la abuela con la ciencia para mantener nuestro uniforme y equipo impecable.

El trabajar con cadáveres con el proceso de putrefacción iniciada, con las muertes violentas, nos deja los uniformes llenos de fluidos corporales que no son fáciles de limpiar.

Nosotros no nos podemos dar el lujo de tener un uniforme contaminado, porque implicaría contaminar escenas posteriores y por ende crear lineas de investigación erróneas y que no llevarían a ningún lado.

Debemos renovar nuestro calzado de manera frecuente, por el desgaste normal de la pisada y los químicos utilizados en la limpieza hacen que el material pierda color y forma, no importa que tan costosas y de buena calidad sean.

Mi pareja y yo tiempo atrás compramos unas preciosas botas tácticas color desierto, combinaban perfecto con los uniformes nuevos color caqui que el gobierno tomó a bien proporcionar, se había designado una partida de los ingresos a renovar el equipo de los laboratorios forenses.

Esas botas eran para mí, un recuerdo tangible de lo efímera que es la vida, la garantía de que no existen las eternidades.

La chica de la radiofrecuencia había solicitado cuatro equipos de peritos, y todas las unidades de traslado de cadáveres que estuvieran disponibles, nos debíamos acercar con precaución a una zona aislada, específicamente a una ranchería y el perímetro no podría ser controlado en su totalidad, por eso debíamos subir las medidas de precaución.

Los miembros de una congregación religiosa reportaron al número de emergencia que una familia que era parte de su congregación no había asistido al culto ese domingo y no respondían a los llamados telefónicos ni a la puerta, ellos nunca faltaban, querían ser bien vistos por su dios.

Cuando arribamos a la calle donde se ubicaba el domicilio de la familia, vi como una mujer policía municipal salía del inmueble, su rostro estaba desencajado.

Al informarnos el parte sobre la situación al interior, en varias ocasiones su voz se quebró, perdía la continuidad su relato, pues las emociones la sobrepasaban, no dejaba de ser humana.

Ocho víctimas, seis adultos, dos femeninas, cuatro masculinos y dos niñas de tan solo cuatro años, fueron victimadas hasta morir con objetos punzocortopenetrantes, armas blancas, fueron apuñalados.

A simple vista, todos los integrantes de la familia presentaban heridas en dorso, zona I del cuello y zona central, la cantidad de líquido hemático que cubría el suelo, las paredes del inmueble, en las víctimas; nunca la había visto, eso era una escena dantesca, que ni siquiera Dante Alighieri pudo describir y tal, ni imaginar.

Como sucede a menudo en las escenas de crimen, los familiares empiezan a presentarse, preguntaban por cada una de las víctimas, por protocolo no podemos dar información.

Lo que salía del cuadro, lo que nos movió el ritmo al procesar, es que preguntaban insistentemente por un bebé, que nosotros no teníamos contemplado entre las víctimas mortales, el inmueble se revisó de punta a punta y no había una sola señal de su presencia.

Informamos a nuestro superior sobre la situación, se empieza la búsqueda para confirmar la existencia y posterior desaparición del menor mencionado.

En ese momento, una vecina del lugar se acerca a entregarnos a una bebé de escasos dos o tres meses de edad, cuando se dieron cuenta de la masacre, lo pusieron a salvo contaminando la escena, alterando la evidencias, debían ser llamados a comparecer para descartar su posible implicación en el caso.

El líquido hemático era tanto, que traspasó el traje de bioseguridad, mis preciosas botas color desierto estaban empapadas, se convirtieron en parte de las evidencias que fueron embaladas para su posterior análisis, debí incluirlas en la cadena de custodia.

Meses después, mis botas me fueron regresadas, habían terminado los análisis; fueron detenidos los presuntos responsables por el homicidio de la familia y estaban siendo procesados en un juicio oral.

Era el momento preciso para darles a mis botas un funeral vikingo, que el fuego hiciera la función de purificar.

Cumplieron conmigo y yo debía dejarlas ir, junto con el sentimiento de que si las conservaba, mi pareja, quien había sido asesinado en cumplimiento de su deber dos años antes, iba a volver.

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