Pandemia por coronavirus (Cobertura especial)

Pierde vendedor de oxígeno a tres familiares por el COVID-19

Pierde vendedor de oxígeno a tres familiares por el COVID-19 - César Hernández, vendedor de tanques de oxígeno en la Ciudad de México. Foto de EFE
César Hernández, vendedor de tanques de oxígeno en la Ciudad de México. Foto de EFE

Aunque César Hernández intentó ayudar a sus familiares con los tanques de oxígeno que vende, fue muy tarde y murieron por COVID-19

Primero fue su suegro, luego su yerno, después su cuñado y finalmente su madre. Pocos han visto la crudeza del coronavirus tan de cerca como César Hernández, un mexicano que distribuye oxígeno medicinal a enfermos de COVID-19 y que ha perdido a cuatro familiares durante la pandemia.

“Cualquier pérdida afecta a la familia, pero en mi caso, fueron muy seguidas. No te recuperas de una cuando ya está la otra. Apenas empiezas y ya viene la otra”, relata este jueves a Efe un dolido César en la puerta de su pequeño negocio de oxígeno en el norte de Ciudad de México.

La pesadilla comenzó a finales de marzo, mes en el que las autoridades declararon la emergencia sanitaria por una pandemia que ya acumula 610 mil 957 contagios y se ha llevado la vida de 65 mil 816 personas en México, tercer país del mundo con más decesos, detrás de Estados Unidos y Brasil.

 

César Hernández. Foto de EFE

 

Cuando todavía “nadie creía” en el COVID-19, cuenta que hospitalizaron a su suegro Ramón, de 76 años y enfermo de los riñones, quien murió a principios de abril.

Aunque los médicos atribuyeron la muerte al coronavirus, la familia no tiene toda la certeza, ya que no le llegaron a hacer la prueba diagnóstica.

“En mayo también falleció mi yerno, ese sí de COVID. A los cuatro días falleció mi cuñado y pues el 31 de mayo falleció mi madre. Son golpes duros y te hace creer que te tienes que cuidar, no solo a ti sino a toda la familia”, expresa reflexivo.

Los síntomas de sus familiares eran inequívocos. Fiebre alta, mucha tos y dificultad para respirar. César los intentó ayudar con los tanques de oxígeno del negocio familiar, que precisamente fundó su suegro, pero era demasiado tarde y no sirvieron.

Mientras que su madre Teresa, de 75 años, pereció en casa, su yerno David y su cuñado Héctor tuvieron que ser hospitalizados.

Desde que los ingresaron, no tuvieron más información hasta que les comunicaron que habían muerto. “Nada más te dan informes cuando ya falleció”, reprocha.

“Uno se prepara pero aunque uno se prepare, siempre la mala noticia es fuerte”, resume.

Antes de tomar las riendas en 2005 del negocio de oxígeno, César trabajaba en una funeraria. Pero ello no lo acostumbró a la muerte de un ser querido, y menos a la de alguien tan joven como David, quien murió de COVID-19 pese a tener 25 años y estar “muy sano”.

“Cuando las personas fallecen jóvenes sí duele un poquito más ¿no? No es por preferencia, sino porque uno dice pues no vivió lo que tenía que vivir”, explica Héctor, quien se acuerda de David cada vez que pasea a su nieto Liam, quien a los 3 años se quedó sin padre.

La ignorancia de los que no creen

Si algo le ha quedado claro a César es que el COVID-19 no es ninguna broma. No solo lo ha visto dentro de su familia sino también en su trabajo, en el que ha pasado de vender siete cargas de oxígeno a la semana a 15 en un solo día.

Si bien la pandemia va en leve descenso en la capital, César sigue viendo en su día a día “muchos casos de COVID” y “muchas defunciones”. Por ello, no duda en señalar la “ignorancia” de quienes no creen en el virus.

“Imagino que es por ignorancia. Hasta que no lo vives en carne propia, no te das cuenta de que sí existe. Nosotros aconsejamos a la gente que se cuide, que cuide a sus familias porque la mayoría está en sus domicilios y convive con sus hijos y sus padres”, cuenta.

El virus también afectó a su hermana y a su sobrina, quienes “gracias a Dios” se recuperaron. Por ello, Héctor, su esposa y sus hijas tomaron la precaución de aislarse unos días. Se hicieron la prueba y todo estaban sanos.

“Ha afectado mucho porque uno no se puede ni dar un abrazo de consuelo por el temor de contagiarnos los unos a los otros”, relata sobre los velorios de sus familiares, todos ellos incinerados por recomendación de las autoridades sanitarias.

Con la voz quebrada, confiesa que hace tres meses que no se abraza con sus allegados, pero en su trabajo ha encontrado fuerzas para levantarse a diario y apresurarse en la entrega de oxígeno, consciente de que puede “mejorar la calidad de vida” de muchas personas.

“Lo único que podemos hacer es verlo o tratar de verlo con optimismo y seguir adelante”, sentencia.

Con información de EFE

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