Me gusta
cuando las nubes
lloran agua
y la tierra responde
con un mambo
oscuro de raíces;
cuando el volcán
bosteza fuego
antiguo,
como si recordara
su nombre.
Me llena la risa
de los niños
todavía sin óxido,
el abrazo
que no interroga,
la mirada
que rompe
el idioma
por dentro.
Me fascina
que las flores
expriman luz
de lo que parecía
marchito,
que las abejas
zurzan el aire
con paciencia
de costureras
invisibles,
y que los grillos
—pertinaces—
ensayen la noche
hasta que aprende
a escucharse.
Me conmueve
que una caricia
lave la sombra
sin prometer
victoria,
que un amigo
sea espejo
aunque duela,
que el perdón
afloje los nudos
que el orgullo
aprieta en secreto.
Me alegra
cuando el poderoso
inclina la mano
sin cámaras,
cuando
la congruencia
—herida—
derrota al ruido,
cuando los colores
aprenden a decir
“nosotros”.
Me asombra
descubrir a Dios
no en el trueno,
sino disuelto
en lo mínimo:
en barro y beso,
en espiga y espuma,
en tórtola y mendigo,
en rana y coherencia,
en la brisa
que no se deja ver,
en la grieta
que sostiene el muro,
en la vida incluso
cuando tiembla.
