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Una estrategia que se muerde la cola, por Daniel Zovatto
Daniel Zovatto. Foto de La Voz

Resulta que emprender una ofensiva simultánea contra aliados, socios comerciales, adversarios internacionales y oponentes políticos internos quizá no haya sido la jugada más inteligente. Lo que a primera vista parecía una demostración de fuerza —una suerte de nacionalismo combativo sin distinciones ni matices— ha terminado por debilitar las propias bases sobre las que se sostenía ese poder.

Castigar a los aliados con aranceles y amenazas no fortalece alianzas, las erosiona. Agredir a socios comerciales clave en nombre de la autosuficiencia puede generar aplausos en casa por unos días, pero tarde o temprano pasa la factura en forma de inflación, desabastecimiento o pérdida de competitividad. Enfrentar a adversarios extranjeros sin una coalición sólida detrás convierte a la potencia más grande del mundo en una fuerza aislada y predecible, más fácil de contrarrestar. Y usar el aparato del Estado para atacar a los opositores internos convierte el ejercicio de gobierno en una cruzada personal, mientras se descuidan las verdaderas prioridades del país.

La política exterior y comercial no puede conducirse como si fuera un programa de reallity show ni un ring de boxeo permanente. Las guerras múltiples —aunque sean simbólicas o económicas— terminan agotando la credibilidad, los recursos y la legitimidad. Lo que estamos viendo hoy es el resultado previsible de una estrategia sin horizonte, sin aliados duraderos, sin consistencia institucional. Y el problema no es solo para quien la impulsa: sus consecuencias se sienten en los mercados, en las relaciones diplomáticas y en la vida diaria de millones de personas, dentro y fuera de sus fronteras.

Pensar estratégicamente es saber elegir bien las batallas, y más importante aún, saber cuándo no librarlas. Porque no todo conflicto se gana, y no todo oponente se derrota golpeando más fuerte.