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Diez años del Acuerdo de París, ¿en qué consiste exactamente?
Imagen del 12 de diciembre de 2015 de los entonces presidente francés, François Hollande (2-d); la secretaria ejecutiva de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), Christiana Figueres (2-i); el ministro de Asuntos Exteriores francés, Laurent Fabius (2-d), y el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon (c), tras la adopción del acuerdo final de la COP21 en la sala de sesiones plenarias de la Conferencia Mundial sobre el Cambio Climático 2015 (COP21) en Le Bourget, París. Foto de EFE/EPA/CHRISTOPHE PETIT TESSON

El Acuerdo de París fue el principal fruto de la Conferencia de las Partes de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP21), desarrollada en la capital francesa del 30 de noviembre al 11 de diciembre de 2015, y marcó un antes y un después ante el desafío de la crisis climática.

Firmado el 12 de diciembre de aquel año, entró en vigor el 4 de noviembre de 2016, un mes después de cumplido su doble criterio de ratificación: un mínimo de 55 países, que representaran al menos el 55 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero (GEI).

El objetivo más importante de la COP parisina era de hecho llegar a algún tipo de acuerdo global para encaminar al mundo hacia la reducción de los GEI e intentar frenar así el incremento de la temperatura media mundial.

Inicialmente, la aspiración era no superar los 2 ºC de subida respecto a la era preindustrial pero el IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) solicitó fijar la meta en 1,5 ºC dadas las pesimistas proyecciones de sus sucesivos informes.

Financiación

El Acuerdo de París se convirtió así en piedra angular de las políticas climáticas mundiales, fundamentalmente con el impulso de la UE, que han ido enfocándose cada vez más en la cuestión de la financiación: quién paga, cuánto, cómo y a quién para afrontar las consecuencias del cambio climático.

Los países del llamado Sur Global exigen a los más desarrollados que asuman una elevada factura en compensación por su historial de emisiones y éstos buscan equilibrar ese pago con las penalizaciones que supone para sus economías -y para su población, que cada vez paga una energía más cara- el aumento de regulaciones ambientales.

Buen ejemplo de las diferencias de criterio fueron los debates de la COP30 en Belém (Brasil), donde la presidencia brasileña exigió elevar la financiación de países en desarrollo desde los 300.000 millones de dólares anuales acordados con dificultad en la COP29 de Bakú (Azerbaiyán) hasta al menos 1,3 billones.

Mitigación y adaptación

El Acuerdo de París contempla más cosas: además de buscar la neutralidad de carbono -emisiones netas cero- idealmente a mediados del siglo XXI, busca mejorar la transparencia para la acción y el apoyo, apostar por tecnología y formación e incrementar la capacidad del Sur Global para cumplir con sus propios compromisos climáticos.

Clave en los últimos meses ha sido la presentación de las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC por sus siglas en inglés) que recogen los planes nacionales para afrontar el reto climático y deben ser actualizados regularmente para comprobar su cumplimiento.

Los NDC responden al concepto de mitigación, que fija compromisos vinculantes de todas las Partes para aplicar medidas claras, concretas y efectivas.

El tratado reconoce además la participación voluntaria para desplegar “una mayor ambición” en cooperación internacional a partir de principios como la integridad ambiental, la transparencia y una contabilidad sólida; alienta a “conservar y mejorar” los sumideros y depósitos de GEI -incluidos los bosques- y define un marco para enfoques no mercantiles del desarrollo sostenible.

Otro de sus grandes principios pasa por fijar un objetivo mundial de adaptación, “reto mundial al que se enfrentan todos”, fortaleciendo la resiliencia y reduciendo la vulnerabilidad.

En cuanto al concepto de pérdidas y daños, el acuerdo reclama evitar, reducir al mínimo y hacer frente a todos los relacionados con efectos adversos del cambio climático, incluidos los fenómenos meteorológicos extremos y los de evolución lenta.

Igualmente, considera necesario reforzar el acceso público a la información sobre el cambio climático, así como la educación, formación, sensibilización y participación.

La marcha de EE.UU.

El Acuerdo de París fue firmado en su momento por casi todos los países del mundo, salvo excepciones como Irán, Libia o Yemen, pero un caso peculiar es el de Estados Unidos.

Pese a ser uno de los Estados más contaminantes del planeta, la llegada de Donald Trump al poder en su primera presidencia de 2017 a 2021 supuso su abandono del tratado aunque, debido a la complejidad del trámite, la salida no se materializó hasta noviembre de 2020.

Con Joe Biden en la Casa Blanca, EEUU se reincorporó al acuerdo pero el segundo mandato de Trump, que comenzó el 20 de enero de este año, ha traído consigo un nuevo abandono que se consumará el próximo 27 de enero de 2026, según confirmó un portavoz personal del secretario general de la ONU, António Guterres.

La marcha de EEUU ha dado alas a otros países teóricamente a favor, pero no tanto, del tratado, como los petroleros árabes que en la reciente COP30 endurecieron su postura contra el control de los combustibles fósiles.

Con información de EFE