Pandemia por coronavirus (Cobertura especial)

Biden In, Trump out, por Daniel Zovatto

Biden In, Trump out, por Daniel Zovatto - Opositores a Donald Trump gritan consignas en su contra afuera de la Casa Blanca. Con carteles le sentencian
Opositores a Donald Trump gritan consignas en su contra afuera de la Casa Blanca. Con carteles le sentencian "estás despedido" como presidente de EE.UU., tras la victoria virtual de Joe Biden. Foto de EFE

Los desafíos de Joe Biden al llegar a la Casa Blanca son enormes: tranquilizar y unir al país, reactivar la economía y controlar la pandemia

Por Daniel Zovatto

El triunfo de Joe Biden confirmó que, pese a las reservas que existieron sobre su candidatura, fue la mejor carta que los demócratas tuvieron para derrotar a Donald Trump en esta histórica elección.

Evidentemente, como señalan sus críticos, no posee la juventud, energía y carisma que tuvieron Clinton y Obama cuando ambos llegaron a la Casa Blanca. Pero gracias a su experiencia y liderazgo no solo logró alinear al Partido Demócrata detrás de su candidatura sino también ejecutar una campaña exitosa.

La elección de Kamala Harris como su candidata a la Vicepresidencia fue también un acierto que rindió los resultados esperados.

Es cierto que la “marea azul” que anunciaban las encuestas no se produjo. Pero ello en modo alguno opaca el triunfo claro que Biden obtuvo tanto respecto del voto popular como del colegio electoral. Con más de 74 millones de votos es el presidente electo con el mayor número de votos en la historia de Estados Unidos.

Otro dato importante a destacar es el alto nivel de participación electoral por encima ligeramente del 65 por ciento, el nivel más alto desde 1900.

Su experiencia política, moderación y pragmatismo, su decencia y empatía, el respeto a los principios e instituciones, y su predisposición al diálogo y a la búsqueda de acuerdos más allá de las líneas partidarias, muestran que la personalidad y el estilo de liderazgo de Biden es lo que Estados Unidos necesita en esta crítica coyuntura para calmar y unificar al país, sobre todo después de una tensa elección que deja como herencia una sociedad irritada y muy dividida.

De momento Trump no ha reconocido su derrota. El presidente advirtió que “esta elección está lejos de haber terminado”. Reiteró su alegato de que hubo fraude y anunció que presentará numerosos recursos legales dirigidos a revisar el escrutinio en varios estados.

Obviamente Trump tiene derecho a presentar todos los recursos que las leyes electorales le permitan; a lo que no tiene derecho es a atacar la credibilidad del proceso electoral sin fundamento ni a minar la fe en la democracia. Por todo ello, su comportamiento desde este momento y hasta el mediodía del 20 de enero (cuando tendrá lugar la toma de posesión de Biden como el presidente 46 de los Estados Unidos) será una compleja, desafiante e inédita transición de más de 70 días.

Igualmente importante será observar la reacción y los discursos de los principales líderes del Partido Republicano. El GOP deberá tomar pronto una decisión en la que se juega su credibilidad: si apoya a Trump en su aventura o si en cambio sale en defensa de la democracia y ayuda a reconciliar al país. Es el momento, como dijo Al Gore en 2000, de poner “al país delante del partido”.

Una lectura de los resultados de esta elección arroja, como una de sus conclusiones principales y preocupantes, el alto nivel de polarización política que existe en la sociedad estadounidense; una polarización que me temo no va a desaparecer en el corto plazo. A ello debemos agregarle los efectos devastadores de la crisis múltiple que afecta a los Estados Unidos.

En este complejo contexto, los desafíos de Biden son enormes: tranquilizar y unir al país, reactivar la economía, y controlar la pandemia en un momento en que el nivel de contagios está en números récord. Tendrá, asimismo, la responsabilidad de reducir las tensiones raciales que hemos visto surgir con fuerza durante el último tiempo, restablecer el respeto a las instituciones y, sobre todo, el prestigio de la democracia estadounidense, no solo dentro de los Estados Unidos sino también a nivel global.

En el plano internacional su prioridad estará puesta en recuperar el liderazgo y el “soft power” de Estados Unidos, apostando al multilateralismo, las alianzas con socios estratégicos y los consensos internacionales en torno a los grandes temas de la agenda global, entre ellos el cambio climático, el apoyo a la Organización Mundial de la Salud y el acuerdo nuclear con Irán.

La relación de cooperación-conflicto con China seguirá ocupando un lugar central en la política exterior pero la misma será abordada desde una perspectiva diferente a la de Trump, con énfasis en un enfoque multilateral. También veremos cambios positivos en la relación con nuestra región y país, de estilo y de enfoque, si bien ambas (América Latina y Argentina) no serán prioridades para la política exterior de la nueva administración.

El desafío de Biden es aún mayor considerando que los republicanos podrían mantener su mayoría en el Senado (dependiendo lo que ocurra en las próximas elecciones de Georgia) así como la composición marcadamente conservadora de la Corte Suprema de Justicia. También deberá hacer frente al “Trumpismo”.

Pese a su derrota, Trump ha obtenido un enorme caudal de votos (71 millones) que anticipan que su influencia sobrevivirá por un tiempo como un movimiento clave dentro del Partido Republicano aún después de su salida de la Casa Blanca.

Todo lo anterior anticipa una gobernabilidad compleja y, al mismo tiempo, refuerza la necesidad de ejercer la presidencia con una actitud serena y pragmática, abierta al diálogo, la búsqueda de acuerdos y un espíritu colaborativo.

El discurso de Biden del sábado en la noche, señalando que “es hora de cerrar heridas” y que “no voy a ser el presidente que divida sino el que una” apuntan en la dirección correcta. Es la manera más responsable y eficaz de gobernar un país altamente polarizado y partido en dos.

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