“Hombres como él se quedan con nosotros para siempre”, recuerda alumno a Ruy Pérez Tamayo
Ruy Pérez Tamayo. Foto de UNAM

Julián Arista Nasr, quien fue alumno de Ruy Pérez Tamayo, compartió este jueves los recuerdos que tiene con el reconocido científico mexicano.

Un amigo cercano de Arista Nasr, patólogo del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, hizo llegar a la redacción de López-Dóriga Digital un texto donde recuerda a Pérez Tamayo como un hombre de una gran inteligencia y pensamiento crítico.

Julián Arista también destaca la faceta de escritor de Ruy Pérez Tamayo. “Alguna vez me comentó que de haber sido escritor hubiera deseado ser del tipo de Carlos Fuentes. Con todo respeto creo que ahí sí le faltó ambición. Ruy tenía para mucho más”, recuerda.

Murió a los 97 años de edad el doctor Ruy Pérez Tamayo, profesor emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y miembro de El Colegio Nacional.

Aquí el escrito íntegro de Julián Arista Nasr:

Hoy hablaba sobre él y su enorme labor. Va a pasar mucho tiempo para tener otra figura de esta estatura. Lo conocí en 1979. Sin embargo, ya lo conocía de nombre, ya que mi tío Juan llevaba sus artículos periodísticos a la casa para regalárselos a mi padre.

Proyectaba una enorme inteligencia y gran pensamiento crítico. Fue de una especie que ya se extingue. La de los grandes médicos, pensadores, intelectuales y humanistas: Fernando Latapi, Ignacio Chávez, Fernando y Eduardo Césarman, Salvador Zubirán).

Bastaba pasar una tarde con él platicando con un whisky y oyendo a los clásicos para darse cuenta de su complejidad como ser humano. Gran, enorme maestro. Ejercía la mejor de las influencias sin proponérselo. Él era ya de otro nivel. Parecía haber leído todos los libros (que citaba con una memoria prodigiosa) de medicina clínica y patología, literatura en cualquiera de sus formas, historia, filosofía etc.

Con él compartí y aprecié de mejor manera ‘Cumbres borrascosas’ de Emily Bronte, ‘Los pasos’ de López de Ibargüengoitia, ‘Los periodistas’ de Vicente Leñero, ‘Retiemble en su centro la tierra’ de Gonzalo Celorio, ‘El evangelio según Jesucristo de Saramago’ (a quien Ruy admiraba muchísimo).

Guardo ciertas horas a su lado en las que me recibió en su casa de San Jerónimo como uno de mis tesoros más preciados. Hablamos del concepto y fenómeno “amor” largamente en una ocasión -El amor es un árbol del cual todos pueden ver el follaje, pero muy pocos pueden conocer sus raíces- dijo, sin pontificar.

Al caer la noche y antes de despedirme me pidió pusiera atención a una sinfonía de un autor impresionista. Escuché algunos momentos y me preguntó “qué te parece” Era una música tristísima, de enorme melancolía. Este señor (no recuerdo el nombre del autor) se la dedico a su novia que conoció a los 15 años. Lo cual no dejó de sorprenderme y agregó… cuando él cumplió 90. Era la música 75 años después ante el recuerdo de aquel amor adolescente ya ante la muerte. Solo Ruy podía tener esa grandeza conceptual, intelectual y emocional para transmitir.

Más de una vez me pregunté por qué él que escribió tanto no escribió su autobiografía. Hay partes sin embargo en ‘La segunda vuelta‘, donde con gran elocuencia describe el México de aquellos años y las dificultades para emprender empresas culturales e intelectuales. Y sin embargo triunfó. La escuela mexicana de patología sería incomprensible sin él.

Él puso las bases de lo que ahora vemos crecer. Estamos en deuda. ‘La segunda vuelta’ es un libro de lectura obligada para todos los que estamos en la patología, en cualquiera de sus formas. Su nivel intelectual está a la altura de don Daniel Cosío Villegas, Gabriel Zaid e incluso Octavio Paz, por su capacidad como crítico y analista. El mejor homenaje que podemos hacer es leer sus libros.

Fue un escritor profundo que podía resolver los pasajes más escabrosos y complicados con aparente naturalidad. Poseía la muy notable y supercompleja sencillez de los grandes escritores.

Nos quedamos con las ganas de leer algún cuento o novela de su autoría. Imaginación no le faltó. Sin embargo, ahí tenemos “El viejo alquimista”, un cuento encantador casi para niños muy bien logrado. Alguna vez me comentó que de haber sido escritor hubiera deseado ser del tipo de Carlos Fuentes. Con todo respeto creo que ahí sí le faltó ambición. Ruy tenía para mucho más.

No puedo lamentar su partida. Hombres como él se quedan con nosotros para siempre, trascienden la presencia física con su tremebunda grandeza, aunque sí lamento saber que muy difícilmente habrá otro como él.

Gracias, maestro. Hasta entonces…