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La trampa de la soberanía digital
Foto de Steve A Johnson en Unsplash

Por: Jacob Helberg
Subsecretario de Estado de Estados Unidos para Asuntos Económicos y arquitecto de la iniciativa Pax Silica

Hoy en día, pocas palabras halagan tanto a un gobierno como “soberanía digital”. Transmite el espíritu de independencia, la dignidad del autogobierno, la promesa de que una nación tiene su propio destino en sus manos. Por eso no sorprende que la expresión haya sido puesta al servicio de un debate político de moda y de rápida expansión.

Muchos países han recurrido a las Naciones Unidas para que sea la gran evangelizadora de esa idea. A través de su Pacto Digital Global y los fondos y mecanismos que algunos intentan articular a su alrededor, la organización avanza hacia un mundo en el que cada país controle lo que los propios informes del Secretario General denominan un “mínimo irreducible” de inteligencia artificial: sus propias computadoras, sus propios datos, sus propios modelos, desarrollados en su país y de propiedad nacional. Un fondo multimillonario propuesto por la Secretaría ayudaría a financiar el desarrollo. Y un número cada vez mayor de gobiernos, convencidos de que la independencia requiere duplicación, están elaborando estrategias nacionales de inteligencia artificial (IA) acordes con ello: cada uno decidido a reconstruir, dentro de sus propias fronteras, una infraestructura que ya existe en otro lugar.

Es una visión atractiva. También es una visión en retroceso y contraproducente.

Los líderes de Silicon Valley han creado fortunas sobre una herejía que los líderes de la industria tradicional aún resisten: que la competencia por productos y métodos existentes, lejos de ser el motor de la prosperidad, es con mayor frecuencia el cementerio del crecimiento y el camino hacia el estancamiento. La empresa que copia un producto existente y sigue métodos tradicionales entra en un mercado saturado y ve cómo sus márgenes disminuyen hasta llegar a cero porque cien rivales venden lo mismo. La empresa que construye algo genuinamente nuevo, algo que no existía el día anterior, no enfrenta competencia alguna y obtiene las ganancias para demostrarlo. La segunda empresa ve sus ganancias pasar de cero a uno, pues ha creado un nuevo mercado. La primera reduce tanto las ganancias de la primera como las propias. Solo los innovadores crean nueva riqueza para las sociedades.

Ahora apliquemos la herejía a las naciones. Imagine la conferencia, siempre hay una conferencia, donde cuarenta gobiernos se levantan en turno para comprometerse con una nube soberana, un modelo soberano, un líder nacional propio. Se aplaudirán mutuamente su independencia. Luego regresarán a su país y no repararán en gastar miles de millones en empresas creadas para hacer exactamente lo que las otras treinta y nueve están haciendo, en mercados demasiado pequeños para sostener siquiera a una de ellas, persiguiendo márgenes que disminuyen asintóticamente hacia nada en el momento en que se anuncia el próximo ganador. No habrán logrado la llamada “soberanía digital”, sino una especie de mediocridad sincronizada, un planeta de clones a escala reducida, cada uno reconstruyendo heroicamente el avance del año pasado mientras el avance mismo sigue adelante sin ellos.

Mientras otros reconstruyen el presente, las empresas estadounidenses estarán inventando el futuro. No defenderán la plataforma de ayer; estarán lanzando la de mañana, los productos que aún no existen, que ningún comité en Ginebra ha pensado en subsidiar, que definirán la próxima década antes de que los clones hayan terminado de clonar el último. Y porque estarán solas en la frontera, conservarán lo que la frontera paga: los márgenes generosos, las valoraciones en alza, las alturas dominantes de la economía mundial. Eso no es un accidente de la suerte de Estados Unidos. Es la aritmética férrea del cero al uno.

Esta es la distinción que los evangelistas de la soberanía pasan por alto, y es todo el juego. Una nación no es digitalmente soberana porque pueda reproducir los avances de ayer, la mitad del mundo puede hacer eso. Es digitalmente soberana porque puede contribuir a los de mañana. Llámese soberanía de innovación: el poder no de copiar lo que existe, sino de crear lo que no existe. El autárquico mide su fortaleza por cuánto puede aislar y reconstruir. El innovador la mide por cuánto puede inventar lo que nadie más puede. Uno termina la década con un museo. El otro termina siendo dueño del futuro.

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Estados Unidos aprendió la lección de la manera fácil. Cuando el mundo migró a la quinta generación (5G), Estados Unidos no tenía un líder nacional para construir las radios y estaciones base en el núcleo de la red. Podría haber declarado una emergencia de soberanía digital y gastado una fortuna levantando desde cero un fabricante de equipos doméstico. No hizo nada de eso. En cambio, las empresas estadounidenses compraron el equipo a aliados de confianza y dieron rienda suelta a su ingenio en la capa superior: la nube, los programas informáticos, la inteligencia artificial que ahora rige el mundo. Estados Unidos no ganó el futuro fabricando la antena. Lo ganó construyendo todo lo que viaja a través de ella.

Esta es la lógica detrás de la iniciativa Pax Silica. No la construimos como una fortaleza. La construimos como una coalición de capacidades, una manera para que las naciones que confían entre sí encuentren la mejor tecnología dondequiera que exista entre ellas y entrelacen esas fortalezas juntas. La premisa es simple y antigua: los socios de confianza que comercian con sus ventajas logran lo que ninguna nación aislada puede gestionar sola. La capacidad de cómputo de un socio se une a los minerales de otro, el talento de un tercero, el capital de un cuarto, y el resultado no es una suma sino una multiplicación.

El director ejecutivo de Microsoft, Satya Nadella, ha insistido recientemente en un punto que los evangelistas de la soberanía digital harían bien en asimilar: el premio nunca fue un modelo de frontera sino un ecosistema de frontera, uno construido de modo que el valor fluya hacia afuera, hacia cada empresa, industria y país que toca, en lugar de acumularse en manos de quien resulte ser dueño del silicio. Las grandes plataformas siempre han dado más de lo que han retenido; crean más riqueza por encima de ellas de la que capturan dentro. Y lo que cada nación conserva para sí misma, sobre esa base común, es el único activo que ningún rival puede copiar y ningún comité puede subsidiar para que exista: su propio ciclo de aprendizaje, el conocimiento acumulado de sus empresas e instituciones, que se multiplica con cada problema que resuelve, su capital humano y su capital de máquinas ganando terreno mutuamente turno a turno. Un país no se vuelve digitalmente soberano acaparando un modelo que quedará obsoleto en menos de un año. Se vuelve digitalmente soberano siendo dueño del ciclo que convierte su propia experiencia en ventaja. Los ecosistemas, al final, no solo suman; fortalecen a los constructores, las personas que realmente inventarán lo que viene después, y que necesitan socios, mercados e impulso, no fronteras trazadas alrededor de un problema ya resuelto.

Los defensores de la soberanía digital creen que están armando a sus naciones para el futuro. En realidad, las están dirigiendo, en formación perfecta y bien financiada, hacia el pasado. La soberanía digital nunca fue un muro, y nunca fue una copia. Siempre fue una frontera, y las únicas naciones que serán digitalmente soberanas en la era de la inteligencia son las que tengan la audacia suficiente de seguir empujándola hacia afuera, hacia el territorio que nadie ha construido aún.