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La relación cambiaria del peso frente al dólar es una de las obsesiones nacionales desde la época en que los gobiernos posrevolucionarios hicieron de la paridad un símbolo del éxito de la economía mexicana.

El llamado desarrollo estabilizador de hace 60 años congeló la cotización en 12.50 pesos por dólar (poco más de un centavo de nuestros tiempos) hasta que la realidad de los malos manejos de Luis Echeverría provocó una devaluación de 100 por ciento.

A partir de ahí, los gobiernos que se aferraron a un tipo de cambio fijo no provocaron sino peores crisis económicas.

Fue hasta los tiempos de Ernesto Zedillo que se cambió la política cambiaria y se le dio el lugar que debe tener una moneda en un mercado global: moverse de acuerdo con la oferta y la demanda y amortiguar cambios en las circunstancias financieras, de manera gradual o repentina.

Pero el tatuaje nacional del peso como símbolo patrio se mantuvo. Y ahora en estos tiempos, el presidente Andrés Manuel López Obrador, que tanto añora aquel México viejo de mediados del siglo pasado, se volvió a casar con la paridad cambiaria como símbolo de éxito.

Al menos así lo hizo a principios de este año, cuando el peso había logrado recuperar terreno frente al dólar desde los máximos históricos.

La 4T presentó durante meses la apreciación cambiaria como un triunfo político, como la muestra de la gran confianza mundial en su administración. Algo falso, pero conveniente.

Claro que nunca dijeron que la depreciación de finales del año pasado fue por sus políticas absurdas, como cancelar el aeropuerto de Texcoco y pretender hacer que los bancos trabajaran gratis.

Y tampoco hubo mucho análisis sobre el gran impacto cambiario que tienen las altas tasas de interés, que son como miel para las moscas globales que buscan rendimientos atractivos en los mercados emergentes.

Y claro que siempre estará ahí también Donald Trump, presidente de Estados Unidos, para echar a perder cualquier fiesta nacionalista que enarbole al tipo de cambio como un logro.

La amenaza de aranceles a las exportaciones mexicanas por cuestiones migratorias tuvo el efecto inmediato de compensación cambiaria. Esto tiene toda la lógica de mercado.

Sin embargo, ha desatado los demonios de los contrarios a los patriotas del peso. Porque, así como hay unos que quieren ver un peso fuerte frente al dólar, como sinónimo de su éxito económico, hay otros que le apuestan a la depreciación acelerada de la moneda mexicana, como instrumento de especulación financiera.

Se ve que no son pocos los que ya hicieron su guardadito de dólares comprados por debajo de 19.00 pesos que ahora ansían poder regresar al mercado muy por arriba de los 20 pesos para llevar agua a su molino.

Y se ve que algunos de esos tienen acceso a la opinión pública y entonces buscan crear la sensación de la inevitable devaluación, como para animar a muchos a colaborar con esa causa.

Se han multiplicado los desinteresados analistas que anticipan dólares a 21, 22 o hasta 28 pesos por cuestiones comerciales.

Es un hecho que con Donald Trump se puede esperar lo que sea, pero llegar al extremo apocalíptico que algunos adelantan podría estar lejos de la realidad.

No hay razones internas, más allá de las altas tasas de interés, para que el peso se mantenga fuerte por mucho tiempo. Pero azuzar a una devaluación tampoco ayuda mucho a una economía en franca caída, como la mexicana.