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Donald Trump, presidente de Estados Unidos, presiona y amenaza para conseguir lo que quiere. Y por ahora lo que desea es un muro en la frontera con México y el acuerdo comercial de América del Norte aprobado por el Congreso.

La agenda política estadounidense hoy está dominada por los temas comerciales. Sobre todo, porque la guerra comercial entre China y Estados Unidos amenaza con alcanzar al desempeño de la economía del país norteamericano.

Una recesión global es hoy una amenaza posible y no tan lejana si la confrontación entre los dos grandes mercados deriva en la aplicación generalizada de aranceles a las importaciones chinas y a las consecuentes reacciones del gigante asiático en contra de intereses estadounidenses.

Con ese enorme frente chino abierto hay una revalorización de la relación comercial norteamericana que puede ayudar a que se destrabe la aprobación legislativa del acuerdo comercial entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).

Los demócratas pueden tener entre sus deseos más oscuros y secretos que Donald Trump provoque una recesión, porque ese es un pase directo a la Presidencia. Pero son representantes efectivos de ciudadanos estadounidenses que tienen intereses en mantener la economía en crecimiento y no pocos tienen una preocupación directa porque se ratifique el acuerdo norteamericano.

Los opositores de Trump, comandados por Nancy Pelosi en la Cámara de Representantes, han recibido durante las últimas horas dos cosas. La visita de una delegación mexicana que busca allanar el camino para la aprobación del T-MEC. Pero también recibieron una carta firmada por el presidente de Estados Unidos donde les amenaza con congelar la agenda bipartidista en materia de infraestructura hasta después de que aprueben el acuerdo comercial.

La tentación demócrata de frenar este pacto tiene opositores. No sólo por las amenazas presidenciales, sino también al respaldo abierto de muchos sectores productivos y no pocos legisladores de ambos partidos que claramente respaldan el T-MEC.

Si los demócratas optaran por rechazar la aprobación del T-MEC no estarían impidiendo un triunfo de Donald Trump, porque él ya se encargó de vender a su clientela política que se deshizo del peor acuerdo comercial jamás negociado por Estados Unidos, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), y que consiguió un pacto de sometimiento para los abusivos canadienses y mexicanos. Él ya hizo su trabajo.

Una negativa de los opositores de Trump sería interpretada como un obstáculo para la economía estadounidense en medio de momentos complicados en el frente comercial.

Si el escenario global fuera de tranquilidad, sin amenazas creíbles de una crisis global, derivada del actual conflicto China-Estados Unidos, habría más espacio para las exigencias demócratas.

Quizá no se reabriría la negociación del T-MEC, la oposición a ello es clara, pero podrían generarse cartas paralelas. De hecho, esto sucedió con el TLCAN. Bill Clinton impuso estos documentos anexos al acuerdo para lograr su aprobación. Pero eran tiempos de sensatez política.

Desde la perspectiva mexicana, debe haber la preocupación de que el T-MEC sea un rehén de la lucha política por la Presidencia el próximo año. Pero desde la postura de Donald Trump, si se ratifica este acuerdo en el Congreso o se congela, para él es una victoria política importante.

Lo que más le convendría a Estados Unidos es cerrar este capítulo pendiente en la región para concentrarse en la gran guerra comercial que han emprendido contra China.