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Parece más de presidentes “neoliberales” eso de estar obsesionados con los indicadores macroeconómicos y presumirlos como si fueran logros políticos de sus administraciones.

Pero resulta que no. Resulta que el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien se dice tan alejado de esas prácticas del pasado, está obsesionado con el tipo de cambio.

Y la verdad es que es un mal indicador para aferrarse, porque claramente no son sólo factores internos los que determinan cuántos pesos hay que pagar por cada dólar en un momento determinado.

Apenas el domingo pasado, ante las comunidades indígenas de Juchitán, Oaxaca, el presidente López Obrador dijo que el peso mexicano se está fortaleciendo, y que terminó la semana anterior como la moneda más fortalecida de los países emergentes, lo que implica una apreciación del peso como nunca se había visto.

Esta reflexión, además de parcialmente falsa, es digna de un discurso neoliberal, fifí y conservador.

De entrada, no es el episodio de apreciación cambiaria más importante que ha tenido el peso en su historia, como lo presumió López Obrador. Y una semana de cotizaciones no es la golondrina que hace verano en el mundo de las monedas emergentes.

Ciertamente el peso ha encontrado niveles de estabilidad en torno a 19 pesos por dólar, pero esto tiene mucho más que ver con las condiciones de un dólar que no promete más incrementos en las tasas de interés el resto del año, contra un mercado de dinero en México con rendimientos muy atractivos por lo alto de las tasas de interés locales, en un ambiente estable.

Si hay apetito de riesgo, México está ciertamente en uno de los mejores lugares de la lista de los destinos de los capitales especulativos en este momento. Pero presumir eso es lo más neoliberal que se puede decir en un discurso político.

Porque si atendemos a los factores internos, no hay uno sólo que pueda resultar como un atractivo para los capitales y, por lo tanto, para la apreciación cambiaria. Más allá de esas altas tasas de interés, hay expectativas no muy positivas de la primera lectura del crecimiento económico del primer trimestre, que se conocerá hoy mismo.

No se ven motores económicos que pudieran generar crecimiento, ni el Tren Maya, ni la refinería de Tabasco, que entusiasmen al mercado. Tampoco lo es la manera de ejercer el gasto social. Y ni hablar del capricho del aeropuerto en Santa Lucía, que tiene una pésima lectura en los mercados por todos los ángulos posibles.

¿El peso se va a depreciar? ¡Sí! Y no es un mal augurio, es una condición de mercado para una moneda que se sostiene por la política monetaria y por variables externas muy volátiles.

Y cuando eso suceda, ¿qué dirá el presidente López Obrador sobre la paridad cambiaria? Puede hacer lo que hacían los tecnócratas de antes: ignorar ese dato y buscar algún otro indicador medianamente positivo para el discurso.

O bien, puede encontrarle responsabilidades entre sus adversarios y decir que no quieren que la 4T avance y por lo tanto influyen en la depreciación, a la que sin pudor podría llamar devaluación.

El punto es que, de todos los indicadores a elegir para la arenga en la plaza pública, el del tipo de cambio es el más inestable, incontrolable y neoliberal que puede elegir el presidente.