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Mientras el secretario de Comunicaciones y Transportes quiere iniciar la venta de fierro viejo del aeropuerto que se construía en Texcoco, los verdaderos expertos en aviación y las autoridades aeronáuticas del mundo dan la cara para poner en duda la viabilidad del capricho de Santa Lucía.

Pero al gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador nadie le quita la idea fija de las dos pistas en esa la lejana base militar, porque ellos, que tienen otros datos, creen que serán viables. Nadie más lo cree. El daño por la cancelación de la construcción del aeropuerto de Texcoco nos acompañará todo el sexenio actual y muchos años más.

La visión que tienen de la economía es igual de obstinada. Ellos tienen otros datos y no hay tal desaceleración ni riesgos, cuyas advertencias hoy se multiplican por parte de los analistas.

No hay ninguna sorpresa en el cambio en la perspectiva de la calificación crediticia de la nota soberana mexicana de Standard & Poor’s. No es una rebaja de ella, pero es poner el dedo en el gatillo para degradar a México en cualquier momento.

Claro que las firmas calificadoras hacen política con sus advertencias. Y lo hacen para sus clientes, quienes les han confiado la tarea de ser una guía sobre dónde es viable invertir y dónde no.

Pero ninguno de los analistas privados, nacionales o extranjeros, bancos, calificadoras o hasta el propio banco central que han pronosticado un peor desempeño de la economía mexicana lo hacen en un afán de desestabilizar el gobierno de López Obrador. Advierten lo que ven para que el gobierno actúe en consecuencia, antes de que sea tarde.

La negación es un peligro inicial para mantener la macroeconomía mexicana sana. Si todos entienden que la economía va a crecer menos, pero no el gobierno, que no hará nada al respecto, los agentes económicos desconfiarán de ese gobierno.

Si el gobierno federal, a través de la Secretaría de Hacienda, se aferra a sus otros datos, no modificará su pronóstico de crecimiento económico, que hasta hoy anticipa un aumento del Producto Interno Bruto de hasta 2.5% en este 2019.

Si fuera simple propaganda para mantener viva la llama de la ilusión de los seguidores, sólo se corre el riesgo de la decepción de la feligresía cuando se incumple.

Pero, cuando hay responsabilidad del ejercicio del poder y de actuar en consecuencia ante una evidente baja en el ritmo económico, puede haber efectos muy negativos si lo que persiste es una ceguera ante la realidad.

Por ejemplo, si la Secretaría de Hacienda no ajusta sus previsiones de crecimiento a la baja y se empeña en validar los datos imaginarios de un crecimiento superior, no ajustaría sus expectativas de recaudación.

Si hay menos ingresos por la desaceleración económica, tendría que gastarse menos. Pero si todo lo ven muy bien y los analistas fifís son los equivocados, no se reduciría el ritmo de gasto, lo que se tendría que cubrir con deuda. Ese es un riesgo real.

Los datos de recaudación de enero deberían ser suficientes para mandar una señal de alerta en el tema de ingresos para el gobierno federal. Pero si lo niegan, no vendrá un ajuste en el gasto.

Y que no le quede duda al gobierno de López Obrador que el menor crecimiento económico será utilizado por sus adversarios como una muestra de fracaso. Sobre todo porque sí hay factores internos que lo propician. Es el desgaste de estar en el poder.

Pero la negación desde la posición del único que toma decisiones tendría peores consecuencias, por la señal de inacción o hasta impericia para corregir y adaptarse.