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Parece difícil, a la luz de lo que lo hemos sufrido, pero este es un momento crucial en el que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, debe mostrar más inteligencia y menos visceralidad. Debe ser más un estadista que un arrogante niño malcriado.

Los niveles que ha alcanzado la guerra comercial entre Estados Unidos y China sí amenazan la estabilidad económica del mundo, incluida por supuesto la estadounidense.

Si cree que la evidente debilidad china es un signo de triunfo para su causa y, lejos de buscar arreglos, ahonda en las diferencias, se habrá de equivocar con consecuencias catastróficas.

Está claro que conocemos los desplantes de Trump. Padecemos su desprecio y racismo hacia los mexicanos. Enfrentamos sus groserías todo el tiempo lo mismo con el muro que con los temas comerciales. Pero hay que ver que mucho tienen de razón los estadounidenses en marcar un alto a los chinos.

El gigante asiático pasó rápidamente de ser el conveniente patio de ensamblaje barato de los bienes de consumo del mundo a un poderoso país que desarrolla tecnología y que posee activos financieros globales que pueden mover los mercados.

China no es un país de libertades, eso mantiene una enorme estabilidad laboral y salarial que aprecian sus fabricantes. No tiene un sistema financiero transparente, así que puede fijar su política monetaria y cambiaria arbitrariamente.

Ese país ha prometido cambios radicales en sus procedimientos económicos y financieros que no ha cumplido. Pero es tan grande y tan decisiva su influencia que sus socios han tenido que aprender a vivir con esas condiciones.

Ni hablar de presiones externas en materia de derechos humanos, políticos o sociales. Impensable.

Pero incluso en países como China, con todo su poderío, el crecimiento económico trae calamidades propias del desarrollo, como la necesidad de mantener tasas altas de crecimiento para que sus ciudadanos paguen sus deudas a tiempo.

Ciertamente China está enfrentando las consecuencias de la guerra comercial con una desaceleración que no es nueva, pero se ha acentuado. Es pues el momento de hacer concesiones y cambios estructurales.

Quizá no todos los deseables, pero sí los que equilibren las balanzas comerciales. Se ha convertido en un gran consumidor que es extremadamente abierto a las exportaciones, pero increíblemente cerrado a la entrada de productos del exterior.

Si Donald Trump se deja de tonterías como insistir que los iPhone se manufacturen en California y su gobierno aprovecha la oportunidad para balancear aceptablemente la relación comercial con China, habrá obtenido un triunfo enorme.

Podrá hacerlo a tiempo, antes de provocar una recesión mundial que inevitablemente alcance a su economía. Ya hay un amplio paquete de aranceles a los productos chinos y pende sobre el comercio global una nueva fecha límite, el 2 de marzo, cuando se incrementan hasta 25 desde 10%, esos impuestos a la importación que superan los 200,000 millones de dólares.

Va muy rápido el contagio de este conflicto, basta con ver el comportamiento bursátil.

Hay pues reclamaciones justas del lado estadounidense, lo que sigue es utilizar con sabiduría la posición ligeramente ventajosa que hoy tiene Washington para encontrar arreglos sensatos.

Pero claro, el problema se agrava cuando volteamos a ver quién ocupa el escritorio en el Salón Oval de la Casa Blanca.