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La semana pasada, el presidente Donald Trump anunció la imposición de tarifas a la importación de acero y aluminio, señal que fue interpretada por los mercados como la primera salva en el comienzo de una posible guerra comercial internacional.

Durante su campaña, Trump atacó el libre comercio y amenazó con implementar medidas proteccionistas. En seguimiento a sus promesas de campaña, el presidente firmó en abril del año pasado un par de órdenes ejecutivas enfocadas a endurecer la política comercial de Estados Unidos (EU).

La primera se enfoca en la aplicación más estricta de las leyes y multas antidumping, mientras que la segunda dictó una investigación profunda sobre las razones detrás del creciente déficit comercial.

La decisión unilateral de imponer tarifas al acero y el aluminio está siendo tomada bajo la facultad que tiene el Ejecutivo de aplicar cuotas o tarifas para proteger la seguridad nacional, argumento sumamente cuestionable. Para muchos observadores, la reacción negativa de los mercados refleja la torpeza de la medida y la creciente posibilidad de una guerra comercial a causa de posibles represalias de otras naciones en respuesta a las tarifas al aluminio y acero.

Esta es la opinión también de muchos legisladores del Partido Republicano que tradicionalmente han apoyado el libre comercio. La medida también refleja la falta de entendimiento de las reglas económicas básicas del comercio internacional.

La ignorancia es tal, que Trump ha llegado a argumentar que otras naciones le juegan chueco a su país porque imponen un Impuesto al Valor Agregado a los bienes provenientes de EU.

Aunque esto es cierto, ese impuesto al valor agregado se aplica a TODOS los bienes que se venden en esos países, incluyendo los producidos localmente. Trump no logra entender que esos impuestos son similares a los impuestos al consumo que se aplican a nivel estatal o local, aunque no a nivel federal, en Estados Unidos.

El presidente de EU, repitiendo las ideas de su asesor Peter Navarro, ve al libre comercio como un juego de suma-cero, donde los déficits comerciales implican una “derrota” y que las guerras comerciales son “buenas y fáciles de ganar”.

Históricamente, las políticas proteccionistas indiscriminadas han tenido resultados negativos.

El episodio más reciente de la propagación del proteccionismo se dio durante la Gran Depresión de 1930, cuando EU introdujo una serie de tarifas y cuotas bajo el Smoot-Hawley Act para reactivar la economía interna y el empleo. Esta decisión provocó un efecto dominó de represalias de todos sus socios comerciales, contribuyendo a la aceleración del colapso del comercio global y prolongando la Gran Depresión.

Aunque Trump y Peter Navarro parecen no entender absolutamente nada sobre comercio internacional y economía, otros miembros del equipo económico de Trump como Gary Cohn, director del Consejo Económico Nacional y su principal asesor en temas económicos, así como muchos legisladores republicanos, tienen muy claras las consecuencias negativas de una potencial guerra comercial.

Aunque Trump tiene la presión de cumplir sus promesas de campaña basadas en su agenda de America First, donde se incluye una política comercial más restrictiva, algunos expertos opinan que la decisión de imponer tarifas al acero y el aluminio es simplemente una estrategia de negociación para obtener algunas concesiones comerciales que Trump pueda “vender” a su base como un triunfo.

En este sentido, la decisión de imponer tarifas temporales a la importación de ciertos bienes no es diferente a lo realizado por otras administraciones, como la de George W. Bush, que impuso un arancel de 30% a las importaciones de acero, medida que fracasó y fue retirada antes de los tres años que se habían anunciado inicialmente.

Aunque el riesgo de una guerra comercial ha aumentado, es importante entender cómo funcional el estilo de negociación de Trump: primero golpea y después negocia.

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