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Foto de Reuters

Durante los últimos días hemos sido testigos de un pequeño ajuste en los mercados de renta variable a nivel global. Sin embargo, este pequeño ajuste se da después de una racha alcista que ha llevado a los mercados accionarios a máximos históricos.

Aunque hay varios factores detrás del alza récord en los mercados accionarios —como la expectativa de reforma fiscal y una aceleración en el crecimiento de las utilidades de las empresas como consecuencia de la mejoría en la actividad económica— para este columnista el factor fundamental detrás del alza de los mercados accionarios son las tasas de interés de largo plazo que se han mantenido en niveles históricamente bajos.

La Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) ha incrementado la tasa de interés de referencia de corto plazo en tres ocasiones durante los últimos 12 meses—incrementándola de 0.25 a 1.25%— y el mercado tiene descontada un alza adicional en la reunión de la próxima semana que dejaría la tasa en 1.50 por ciento.

Asimismo, la Fed ha dado a entender al mercado que podría incrementar la tasa hasta en tres ocasiones en el 2018, llevando la tasa hasta 2.25% para finales de ese año. A pesar de esto, la tasa de interés de largo plazo (la tasa que pagan los bonos del tesoro a 10 años) se ha mantenido en niveles históricamente bajos.

Actualmente se ubica en 2.32%, por debajo de 2.45% al comienzo del año y considerablemente por debajo del nivel máximo de 2.61% observado en marzo. Aunque la tasa de largo plazo está por arriba de su nivel mínimo del año de 2.06% observado en septiembre, resulta muy interesante que ésta se mantenga en los niveles actuales.

Para dar un poco más de contexto, la tasa actual de largo plazo está prácticamente en el mismo nivel que hace tres años, pero bajo un contexto totalmente diferente. Hace tres años, la recuperación era aún lenta e inconsistente, la tasa de desempleo se ubicaba en 6%, la Fed estaba adquiriendo miles de millones de dólares al mes en bonos del tesoro de largo plazo como parte de su programa de estímulos cuantitativos, y la tasa de corto plazo estaba en 0% y sin expectativas de subir por un periodo prolongado de tiempo.

Actualmente, la economía crece a su mejor ritmo desde la época poscrisis, la tasa de desempleo está en 4% (su nivel más bajo en más de 10 años) y la tasa de interés de corto plazo se ubica en 1.25% con la expectativa de subir hasta 2.25% en los próximos 12 meses.

En teoría, la normalización de la política monetaria, aunada a la mejoría en la actividad económica, debería traducirse en un ajuste al alza en las tasas de interés de largo plazo. Tan es así que la mayoría de los especialistas han pronosticado, erróneamente, alzas para la tasa de interés de largo plazo durante los últimos tres años. Sin embargo, hay una variable determinante en el proceso de formación de las tasas de interés de largo plazo que se ha mantenido constante desde los inicios de la crisis: la ausencia de presiones inflacionarias.

A pesar de la recuperación en la actividad económica, la ausencia de crecimiento en los salarios reales —resultante de un mercado laboral con holgura prevaleciente durante varios años— y precios bajos de materias primas han generado un entorno de inflación prácticamente inexistente. Sin embargo, esto podría empezar a cambiar rápidamente.

Con el mercado laboral en pleno empleo, la implementación de un estímulo fiscal en una etapa tardía del ciclo económico, los precios de las materias primas alejándose de sus mínimos históricos y la posible implementación de barreras comerciales podrían comenzar a despertar a la inflación de su letargo.

Asimismo, el deterioro en el déficit público y el incremento en la deuda pública a raíz de la reforma fiscal también deberían contribuir a un aumento en las tasas de interés de largo plazo.

Ante esta situación, queda claro que el riesgo principal para los mercados accionarios, fuera de un choque geopolítico, podría ser un incremento en las tasas de interés de largo plazo.