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Nadie podría causar más afición en un dispositivo tecnológico como solo Apple lo sabe hacer.

Algo que cruza las fronteras de la locura, de un gasto o inversión (in)necesario, algo poco concebible para algunos y súper legitimo para otros. Y aunque nos duela, comprar un teléfono de alta gama y precio premium es algo que se ha vuelto normal y satisfactoriamente racional.

Quitando las comparaciones, esas inevitables comparaciones y estudios socioeconómicos, comprar un iPhone se ha convertido en un desahogo, además de la felicidad que causa tener este objeto tan deseado y bien logrado. No quiero entrar en discusiones de quién debe o no comprarlo, si vale lo que vale o si es estúpido gastar tanto en un dispositivo de estos… pues para mí no lo es; es mi herramienta de trabajo, comunicación y mi cámara fotográfica. Es el objeto que llevo conmigo la mayor parte del tiempo, me gusta lo que hace por mí y aún más me gusta traerlo conmigo. ¿Por qué no haría una buena inversión en algo que utilizo la mayor parte de mi día?

Si ya se, me puedo volver esclavo de este aparato, o tal vez ya lo sea, toda una discusión paralela en la que tampoco quiero entrar pues ya he escrito mucho de esto en mis artículos de productividad.

Lo único que quiero dejar claro en este texto es que cada quién es libre de comprar lo que quiera, son sus gustos, su “dinero”, y, no siempre, sus deudas. Este objeto del deseo ha hecho más bien que mal por muchos de nosotros. ¿Qué de malo tiene ser un fanático más? ¿Qué de malo tiene querer comprar? ¿Qué de malo tiene caer en la locura? Que juzgue quién nunca ha querido ir por lo mejor de algo.