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El presidente Enrique Peña Nieto leerá un mensaje que podría tener algún contenido novedoso para pequeños círculos sociales y que pasará inadvertido para la mayoría

En otros tiempos no tan lejanos este día 1 de septiembre estaríamos en pleno día del presidente. La presentación del Informe de Gobierno era un mero pretexto para escuchar uno de los discursos más importantes de aquel personaje del que dependían todos los movimientos políticos y económicos del país.

Y más cuando se trataba de un quinto informe. Era considerado como el último donde el mandatario en turno concentraba todo el poder todavía antes de la llegada del sucesor. Era también la oportunidad de leer entre líneas en quién recaería la decisión presidencial de ser el siguiente mandatario, con las elecciones tomadas sólo como un requisito previo.

Ya para qué hablar del papel picado que se soltaba en las calles al paso de la caravana presidencial y del besamanos que se organizaba en Palacio Nacional.

Hoy ni siquiera hay alguna interacción entre poderes. Los partidos políticos de este país que vive enfurecido cancelaron la posibilidad de que el titular del Poder Ejecutivo acuda al Poder Legislativo a dar cuenta de la nación.

Hoy por la tarde en un aburrido y breve evento los diputados y senadores recibirán una torre de documentos que conforman el informe del Estado que guarda la nación (podrían entregar una pequeña USB con toda la información y ahorrar papel, pero sería todavía menos lucidor).

Mañana, en un ambiente totalmente controlado para eliminar increpaciones y garantizar el aplauso, el presidente Enrique Peña Nieto leerá un mensaje que podría tener algún contenido novedoso para pequeños círculos sociales y que pasará inadvertido para la mayoría.

Además de que no habrá papel picado al paso de Peña Nieto, el discurso de mañana ya tendrá un ambiente dividido entre la figura del presidente y la presencia del que será el ungido con la candidatura presidencial del PRI. Porque es un hecho que quien sea que obtenga la unción estará ahí presente.

No es algo que le pueda importar al presidente. Eso de compartir el escenario es para un presidente como Peña Nieto un activo y no una pesadumbre. Porque es parte de la manera de dar a conocer que su trabajo político se volcará hacia una exitosa sucesión donde pueda ganar su partido.

Hay que poner atención al discurso del presidente para ver dónde pone el énfasis, porque serán señales puras de la señal que habrá de tomar dentro de algunas semanas.

Podría hacer malabares para maquillar los malos datos de inseguridad, violencia, falta de Estado de derecho y demás que padece el país. O bien, podría cruzar datos de la reducción de la pobreza que recién dio a conocer el Coneval con la salud fiscal que se pretende conseguir y ahí tendríamos otro indicio.

Si los acentos los pone en los resultados que considere positivos de la reforma educativa, o de los programas de salud o hasta del turismo, veremos otro indicio.

Tampoco hay que perder de vista los tiros de cámara que haga la producción de la casa presidencial, hay que ver el tipo de tuits y posts que hagan desde su gobierno en redes sociales. Y no deje de poner atención al “saludómetro” de los secretarios de Estado.

Si éste habrá de ser el último gran mensaje del presidente Peña Nieto antes de los tiempos sucesorios, seguro que no lo va a desperdiciar.