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Si lo quisiéramos ver con cierta nostalgia, la reciente decisión de la Junta de Gobierno del Banco de México (Banxico) de elevar un cuarto de punto la tasa de referencia pudo haber sido el último incremento comandado por Agustín Carstens desde la gubernatura del banco central.

La fecha de salida de Carstens ya la tenemos, 30 de noviembre, donde no hay certeza es sobre cuáles podrían ser las decisiones de política monetaria en las tres reuniones programadas que quedan, o una extraordinaria, antes de ese día.

La propia Junta de Gobierno da una respuesta a esta expectativa en su comunicado de decisión de política monetaria. Dice en una parte del texto que el nivel alcanzado en la tasa de referencia, tras este último aumento es congruente con el camino de regresar a una inflación del 3 por ciento.

Así que si no pasa nada que altere los niveles inflacionarios y hasta cambiarios, habríamos presenciado el último aumento de la era Carstens en el Banco de México.

Incluso el Banxico podría desligarse de un posible aumento en el costo del dólar por parte de la Reserva Federal de Estados Unidos, uno que por cierto sí es más esperado durante el resto del año.

Sin embargo, no hay certezas de que nada raro habrá de suceder de aquí al último día de noviembre o al cierre del año como para garantizar que ya no habrá más alzas.

La lista de imponderables es muy larga, pero tomemos como ejemplo el inicio de las renegociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) a partir del 16 de agosto, como pretende Estados Unidos.

Parece que el gobierno de Donald Trump hoy tiene más clara la importancia de una buena relación comercial regional, ante la amenaza china que le resulta incontrolable a Washington.

Sin embargo, eso no significa que los estadounidenses no pretendan llegar con un tono mandón a la mesa de negociación y buscarán imponer sus argumentos de comercio justo para su país.

Los mercados, nerviosos como son, pueden influir en el mercado cambiario en minutos y contagiar a muchos otros agentes económicos con ese pesimismo.

O un mal resultado puede derivar en la aplicación de aranceles que encarezcan los productos de importación, lo que implica un golpe al hígado de la inflación.

En fin, no es por ponerse pesimistas, pero si algo tiene la política monetaria aplicada por la actual administración del banco central mexicano es esa adaptabilidad.

Incluso, si todo sale de maravilla en la renegociación del TLCAN, si no suben los precios de los energéticos, si no truenan las bolsas de Estados Unidos ante las promesas incumplidas, si no hay sorpresas desagradables en la política interna podríamos incluso ver cómo Agustín Carstens deja el cargo de gobernador del Banco de México con una rebaja en la tasa de interés.

Para aquella reunión de principios de noviembre hará más claridad en muchas cosas: en la tendencia de la inflación, en el destino del TLCAN, en quién será el sucesor de Carstens. En fin, elementos que podrían influir en un alza, baja o mantenimiento del nivel de la tasa de referencia.

Lo que debe quedar claro es que el banco central es intransigente, con Carstens o sin él, con el objetivo de mantener la alta inflación a raya.