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Gritar No al muro es una buena opción  para México. Equivale a decirle “No a Trump” y a su ofensiva sobre México. Equivale también a decir, en su reverso, “Sí a Estados Unidos, pero no así”.

Creo que son las dos caras de la moneda del sentimiento nacional mexicano. Una explícita: No al muro. La otra, sumergida: Sí a los Estados Unidos.

No al muro es una consigna expresiva. Resume una historia, expresa un agravio y propone un futuro. Alude a un hecho físico y visible: la existencia previa de un muro que ha causado enormes daños a los seres humanos que cruzan o se estrellan por él.

Desde que William Clinton empezó a construir el muro en los años 90, ha sido más caro el pago por cruzar al otro lado, más mexicanos han muerto en el camino y más sangrienta ha sido la lucha de los cárteles por los lugares de paso.

Terminar el muro, como quiere Trump, es completar esa historia de fricción y muerte, a cambio de nada.

El muro de Clinton no detuvo a los migrantes ni a la droga, solo encareció sus costos, en dinero y en vidas.

Decir No al muro tiene la virtud de aludir a un hecho físico que representa todo lo que está en juego en el nuevo momento de la relación de los dos países:

El cambio radical del paradigma de trato de Trump hacia México, su rechazo altanero al vecino más débil, la amenaza de persecución de mexicanos por el hecho de serlo; la discriminación, la xenofobia, la arrogancia, el abuso de poder, incluido en todo esto.

Un amigo me pregunta si estoy loco o me he vuelto un late comer revolutionary por proponer que México grite en sus calles No al muro.

O sea, me pregunta que si a la vejez viruelas. Tiene razón respecto de mi vejez, pero no respecto de las viruelas, porque las viruelas vienen del norte y uno tiene que tratar de vacunarse contra ellas saliendo a la calle a gritar:

No al muro.

Nada emparejaría tanto las negociaciones que México empieza esta semana con Estados Unidos, como unos cuantos millones de mexicanos gritando desgañitadamente  por las calles de su país:

¡No al muro!

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