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Ayer, 20 de noviembre, se cumplió el aniversario 106 de la Revolución mexicana. Siempre me ha sorprendido que se haya instituido como día de la Revolución el recuerdo de una fecha en la que no pasó nada, una fecha asociada al ejercicio de una conmovedora ingenuidad política.

Como se sabe, el 5 de octubre de 1910, el prófugo Francisco I. Madero emitió desde su exilio americano, el llamado Plan de San Luis que declaraba nulas las elecciones de ese año y convocaba a la rebelión contra el régimen de Porfirio Díaz el día 20 de noviembre “a partir de las seis de la tarde”. Los “pueblos retirados de las vías de comunicación”, añadía el plan, debían hacerlo “desde la víspera” (Art. 7).

El 18 de noviembre fueron descubiertos y abatidos de torva manera los hermanos Serdán, que conspiraban para levantarse en Puebla. Pero el 20 de noviembre no sucedió nada. Era una fecha ingenua y resultó una fecha vacía.

No obstante, aquella fecha ingenua, como tantas ingenuidades de Madero, a quien le hablaban los espíritus augurándole la Presidencia, fue haciéndose historia poco a poco, a la manera de una profecía diferida.

La rebelión convocada cundió en el norte del país y en unos cuantos meses hizo renunciar y salir al exilio a Porfirio Díaz, quien emitió su propia profecía: “Han soltado un tigre”. Lo había soltado Madero con la ingenuidad de su plan y de su fecha.

Ni el significado del plan ni el de la fecha son claros hoy para nosotros porque el movimiento que desencadenaron ha sido la materia de una larga fabricación ideológica. Eso que llamamos “Revolución mexicana”, es un nudo de versiones similar a la de todas las revoluciones hechas gobierno.

Hay el hecho histórico llamado Revolución mexicana y hay su fetiche ideológico. El hecho histórico termina quizá en 1915, al decidirse la guerra civil, o en 1917, al firmarse la nueva Constitución.

El fetiche dura hasta hoy, es una sombra mental más larga que la de los gobiernos que se dijeron por décadas “emanados” de ella. Mañana: algo sobre el fetiche.

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