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Este fin de semana, en la feria del libro de Chile, compartí con Jorge Castañeda una mesa con un tema fascinante: Los usos de la memoria. El título sugiere de inmediato su litigio: la memoria, en especial la memoria pública, no es confiable, es y puede ser usada, manipulada, para servir a propósitos ajenos a la memoria misma.

La memoria es cualquier cosa menos exacta, no tiene la precisión que la palabra sugiere. Por el contrario, es un campo sujeto a disputa. Al final, es un flujo mixto de recuerdos ciertos y recuerdos interesados, escogidos por un editor que quita y pone lo que conviene a su edición de ese día, o esa semana, o ese año, o esa época, o ese siglo, o ese milenio.

Lo sabía muy bien Freud respecto de la vida privada, cuando hablaba de la memoria como un teatro de  experiencias reprimidas, enmascaradas por las astucias  defensivas del Yo.

Lo supo mejor que nadie Stalin, quien inventó por décadas la historia del comunismo, borrando a personajes fundamentales de la gesta, como Trotski o Bujarin.

Saben estas cosas del uso de la memoria todos los neuróticos y todos los gobernantes de la tierra: la memoria es una entidad manipulable, un terreno de arenas movedizas, más que un campo de hechos limpios.

No hay memoria inocente, diría Freud. No hay historia imparcial, saben los historiadores. Nuestra memoria es un gran teatro de representaciones donde alguien triunfa, siempre provisionalmente.

La versión del mundo que ocupa nuestra cabeza hoy es la versión de lo que ha triunfado en nuestra fabricación de la memoria. Mañana pensaremos quizá lo contrario, sin que los hechos en juego hayan variado un ápice. Lo que cambia es nuestra mirada, el uso que queremos darle a nuestra memoria.

Añado que el “queremos” nunca es unánime, que la memoria es plural, y el uso mayoritariamente aceptado de hoy puede ser el uso repudiado de mañana.

La memoria individual cambia con los años, rehacemos continuamente lo que somos, lo que creemos o queremos ser.

Tampoco existe la verdad definitiva de la memoria  pública. Existe la credibilidad temporal del uso que le damos. La memoria pública es un campo de batalla.

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