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"Cuando no se ha logrado, lamentablemente, impedir que una mujer sea víctima de esta violencia, nuestra obligación es actuar de inmediato para esclarecer los hechos, detener a los responsables y combatir la impunidad", expuso García Harfuch

En la discusión sobre “¿Por qué estamos tan indignados?” que la Tribuna de MILENIO convocó en su edición digital antes de Semana Santa, José Antonio Aguilar Rivera sugirió que un río de fondo es la desilusión democrática.

Pusimos en la democracia esperanzas utópicas, certidumbres sin fin sobre sus posibilidades de arreglarlo todo. Quince años después rechinamos los dientes al constatar que no, que no arregla todo, que ha empeorado algunas cosas y que nuestro remedio mágico queda muy por debajo de nuestra dolencia real.

Nuestro humor se debe en gran medida, dice Aguilar Rivera, a que estamos padeciendo una enorme, ubicua, “cruda democrática”.

La cruda tiene tres vertientes, dice Aguilar Rivera: primero, las expectativas defraudadas; segundo, la solución mágica perdida; tercero, el descubrimiento de que la diosa entronizada no solo no lo resolvió todo, sino que trajo sus propias patologías y parió una “criatura grotesca que hoy parece inaguantable”.

Quizá la ingenuidad mayor, concuerda Aguilar Rivera citando a Jesús Silva-Herzog Márquez, fue “creer que la alfombra electoral puede extenderse en una casa sin piso: desenrollar el tapete de las elecciones sobre el vacío del Estado, la burla de la ley y el paño roto de la comunidad”.

La consecuencia, sigue Silva-Herzog Márquez, es que las señas de la política mexicana de hoy son su propio engendro: “pluralismo sin ley, competencia sin contrapesos, arbitrariedad descentralizada, poderes sin responsabilidad, plutocracia alternante. ¿Qué nombre describe el régimen que padecemos?”.

Yo reconozco en el tono crítico y el refinamiento de estas voces el cruce de un umbral decisivo para repensar la democracia mexicana, sobre la que pesa una cierta prohibición de hablar mal, cierto consenso bien pensante del elogio.

Es parte de la idealización subsistente de la diosa: saludar sus bendiciones sin mirar sus deformidades, pagar sin chistar sus altos costos y asumir como imperfecciones transicionales del juego lo que pudieran ser más bien las reglas de un juego distinto al que elogiamos.

Como si queriendo jugar futbol hubiéramos terminado jugando rugby. ¿Es este el juego que queríamos jugar o estamos en medio de una gigantesca desviación histórica respecto del juego deseado?

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