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Hay quien celebra que el diseño democrático mexicano haga prácticamente imposible que ningún partido pueda ganar la mayoría absoluta (50 + 1) en el Congreso.

Otros pensamos que la gobernabilidad de un régimen presidencial depende en gran medida de que haya siempre una mayoría absoluta en el Congreso en manos de un partido, sea del gobierno o sea de la oposición, para que ese partido sea responsable claramente de las decisiones que toma el Congreso en todas las materias.

La fragmentación de partidos y votantes actuales produce casi automáticamente un gobierno débil, con minoría en el Congreso. Y una mayoría difusa en el Congreso, compuesta de tantas fuerzas que ninguna es responsable cabal de lo que ahí se acuerda. La mayoría absoluta de muchos hace irresponsables a todos.

La lógica de la fragmentación ha seguido su curso inexorable en nuestra democracia. Los partidos se rinden cada vez más a la evidencia: si quieren ganar y luego gobernar, no pueden ir solos a las elecciones, tienen que ir en alianzas que les den el triunfo y luego la gobernabilidad. Tienen que construir la mayoría que necesitan antes de las elecciones, no después, como en los regímenes parlamentarios.

Por eso han proliferado en tiempos recientes las llamadas alianzas “antinatura”, entre partidos de historia enconada que se han combatido siempre, y sin embargo se unen oportunistamente para cierta elección.

En el entorno de urgencia de alianzas que padecen todos los partidos —los chicos para fortalecerse, los grandes para no seguir la pendiente cuesta abajo a que los condena el desgaste de sus siglas—, la lógica política de la hora es buscar aliados, construir la mayoría de votos que los partidos necesitan mediante alianzas que les permitan desafiar a partidos mayores y aspirar por igual al triunfo y a la gobernabilidad después de las elecciones.

La gobernabilidad que ofrecen esas alianzas resulta después un infierno desgastante y caro, pero nunca tan desgastante como simplemente perder.

Revisaré mañana algunas de las cifras y las posibles alianzas, naturales y contra natura, que puede depararnos nuestra democracia rumbo a 2018, fecha que parece lejos, pero está cocinándose aquí y ahora, frente a nuestros ojos.

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