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La injerencia política más larga que ha tenido Estados Unidos sobre México es la guerra contra las drogas. Es una injerencia que cruza todo el siglo XX, crece en sus años finales y da sus peores frutos en el siglo XXI.

La lección central de esa injerencia es: mientras más esforzadamente ha combatido México el tráfico de drogas peor le ha ido como país, sin que haya logrado nunca el propósito buscado, que es reducir el paso de drogas a Estados Unidos.

La experiencia mexicana coincide con la mundial: miles de muertos, centenas de miles de presos, redes criminales en expansión, décadas de escándalos, corrupción y crimen sin que pueda alegarse ninguna mejora en el bien buscado que es reducir el consumo de las drogas prohibidas.

El daño que pueden hacer a la sociedad las drogas prohibidas está mezclado en la imaginación pública con la violencia y los crímenes que genera su persecución.

Por los tonos sangrientos de la guerra que se libra contra ellas, esas drogas han adquirido connotaciones malignas. Tienen fama de ser las más adictivas y mortíferas. Eso dice la imaginación colectiva. Las cifras dicen otra cosa.

Durante 2012 murieron en Estados Unidos 25 mil personas por consumir drogas prohibidas: cocaína, heroína, metanfetaminas y derivados (no incluyo la mariguana porque su consumo no tiene dosis mortal: nadie se muere de una sobredosis de mariguana, se duerme).

Por consumir una droga permitida como el alcohol, en ese mismo año de 2012, murieron 100 mil estadunidenses, cuatro veces más que los consumidores de drogas prohibidas. Por consumir tabaco, murieron 440 mil, cuatro veces más que por consumir alcohol y 16 veces más que por consumir drogas prohibidas.

En el año anterior, 2011, hubo en México 27 mil asesinatos muchos de ellos asociados al narcotráfico, 2 mil más de los muertos por sobredosis en Estados Unidos al año siguiente. La guerra contra las drogas mató más gente en México que el consumo de drogas prohibidas en Estados Unidos. (Cifras en Guillermo Valdés: “Drogas, sin solución buena”,MILENIO, 19/2/14; Alejandro Hope: “La tormenta perfecta”, Nexos, diciembre 2013)