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Pablo Gómez sigue diciendo que lo eché a patadas porque le sugerí no injuriar aquí (una vez más) a un compañero tan suyo como mío en MILENIO, Joaquín López-Dóriga, y porque, ante su negativa, le informé que no publicaría esa columna (habitual de cada viernes).

Apeló al derecho a la libre expresión, y yo al mío de tomar decisiones editoriales. Por ejemplo: no volver a publicar ofensas entre compañeros (les guste o no) en esta misma casa.

El nuevo periodicazo del político al periodista era en reacción al fallo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación contra el spot en que se usaba la imagen y se calumniaba a Joaquín, tema sobre el cual Pablo había ya denostado aquí a López-Dóriga, y que no censuré.

Le sugerí entonces: “Escribe contra mí si quieres, pero no contra cualquier otro columnista de MILENIO, como tampoco le publicaré a Joaquín, ni a nadie más, un ataque a ti”.

Me bateó.

Sin otro argumento, le pedí por favor escribiera de otro tema, y me replicó que yo le hiciera el favor de “no censurarme”.

Con el sofisma “me estás echando a patadas”, Pablo neceó y nos dijimos adiós.