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Cuenta Raúl Herrera Márquez, en su excepcional novela familiar La sangre al río (Tusquets, 2014), que el 26 de marzo de 1923, su tío abuelo, Jesús Herrera Montes, hermano de los difuntos generales villistas Maclovio y Luis Herrera, se presentó en el despacho del presidente Álvaro Obregón a pedirle anuencia y ayuda para matar a Francisco Villa, enemigo letal de su familia.

En 1915 Villa había jurado acabar con los seis hermanos Herrera y con su padre, José de la Luz, por haberse pasado al bando carrancista. Casi había cumplido su juramento.

Maclovio Herrera había muerto, en abril de 1915, por un maléfico malentendido, presa de un fuego cruzado entre sus propias tropas.

En diciembre de 1916, Luis Herrera había muerto defendiendo Torreón contra Villa y Villa había vejado su cadáver, dejándolo colgado de un árbol con un retrato de Carranza en la mano y un dólar en la bragueta.

En julio de 1917, durante una batalla contra villistas en Parral, una bala perdida había matado a Concepción Herrera.

En abril de 1919 Villa había tomado por enésima vez Parral, ofreciendo a los defensores que se rindieran a cambio de su vida. Entre los defensores estaban el viejo José de la Luz Herrera y sus dos hijos, Melchor y Zeferino.

Villa le perdonó la vida a todos, menos a los Herrera, a quienes hizo caminar al día siguiente, amarrados, por el centro de Parral rumbo al Panteón.

Ahí, el viejo Herrera lo retó a duelo y le escupió en la cara. Villa le dijo: “Para que le duela más, antes de morirse va a ver cómo trueno a sus hijos”. Y los tronó con dos disparos en la frente. Luego mató al viejo que no dejó de insultarlo. Luego mandó colgar los cuerpos de unos huizaches.

Ahora, en 1923, Villa estaba pacificado, o así decían, en la hacienda de Canutillo, pero había mandado unos pistoleros a despachar al último de los Herrera, precisamente Jesús, el Jesús que estaba frente a Obregón pidiéndole anuencia y ayuda para matar a Villa. (Continuará)