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Los comerciantes al menudeo de Estados Unidos tienen mucha confianza en que este próximo Black Friday podrá ser uno muy bueno para su causa.

Tienen conciencia de la mejora en el mercado laboral, saben de los mejores datos en el desempeño económico, pero sobre todo saben que la baja en los precios de las gasolinas deja más recursos disponibles a los consumidores en sus bolsillos.

Un tanque lleno a razón de 2.80 dólares por galón pone de buenas a cualquiera, sobre todo cuando hace un par de años pagaban los combustibles a precios cercanos a los 4 dólares.

La mayoría de los consumidores no sabe de coyunturas de precios por los aumentos de la producción de shale gas, o de la guerra de precios desatada por Arabia Saudita. Lo que tienen claro es que pueden gastar más y así lo hacen.

Deben destinar un presupuesto mayor para la compra de algunos productos alimenticios como la carne, pero al final les queda un excedente y se lo gastan. En todo caso, el aumento de otros básicos anula riesgos deflacionarios.

Para los comerciantes es un buen momento para servirse una tajada que no habían visto en mucho tiempo. No solo aspiran a un Viernes Negro de tumultos enloquecidos que se atropellen en las entradas, sino a un fin de año con ventas crecientes y a un 2015 de crecimientos sostenidos.

El círculo virtuoso se cierra con la contratación de más personal, así sea temporal, para atender la demanda navideña. Estadounidenses que tendrán ingresos para poder comprar bienes de consumo para ellos mismos.

La gasolina barata, pues, resultó un inesperado aliciente para la recuperación económica estadounidense. Pero cuidado, porque paradójicamente una baja en el precio puede provocar mayor inflación.

La repentina liquidez adicional puede provocar que los aumentos en la demanda no se acompañen de una oferta suficiente por parte de una cadena productiva que vio mermada su capacidad de producción derivado de la baja actividad económica.

La capacidad instalada tiene mucho margen de maniobra, pero echar a andar la maquinaria tarda. Esto puede hacer que lo disponible cueste más.

Si pasadas las ofertas los comerciantes tienen buenos resultados y ven que tienen todavía clientes en la puerta, podrían animarse a subir sus precios. Como sea, no han podido hacerlo por mucho tiempo.

Los automovilistas se acostumbran rápido a los precios bajos de la gasolina y no están pendientes de lo que hagan los árabes con su oferta, ni los chinos con algún incremento en su demanda de energéticos. Se enterarán del cambio en el mercado cuando las gasolinas cuesten más.

No hay nada más lejano para la economía estadounidense que la posibilidad de enfrentar presiones inflacionarias amenazantes. Sin embargo, hay algo que no quisieran ver los mercados y esto es que la Reserva Federal tenga algún tipo de tentación para adelantar el incremento en las tasas de interés.

Los combustibles alteran la inflación volátil, pero una ligera presión en la inflación subyacente, la core inflation, podría llamar la atención de los halcones dormidos del banco central estadounidense.

Y sin duda esto implicaría que los mercados, nerviosos como son, se pudieran provocar su propio Viernes Negro, o quizá lunes o jueves.