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La semana pasada se publicaron las cifras del PIB del segundo trimestre para la eurozona, revelando un crecimiento nulo con respecto al trimestre inmediato anterior, por debajo del magro crecimiento de 0.2 por ciento del primer trimestre.

Las cifras confirman que la economía europea se encuentra lejos de una situación de consolidación de la recuperación que inició en el 2013 y más cerca de caer en recesión por tercera vez en cinco años.

Lo más preocupante de las cifras es que la desaceleración se ha generalizado en el corazón de la eurozona, Alemania, Francia e Italia, y que no se vislumbra un cambio de tendencia significativo.

Aunque las economías grandes de la periferia, España, Portugal y Grecia, tuvieron números positivos, las bases de comparación son fáciles y su recuperación podría ser efímera si sus principales socios comerciales en el corazón de la eurozona no presentan un crecimiento más robusto. Aunque técnicamente la eurozona salió de la recesión en el 2013, el bloque sigue enfrentando problemas fundamentales que amenazan con convertirse en décadas de estancamiento económico.

A diferencia de Estados Unidos, cuya economía ha superado considerablemente su nivel de PIB precrisis, la eurozona aún está lejos de alcanzar este hito. Las autoridades financieras de la eurozona y sus países miembros han actuado decisivamente para resolver la crisis de liquidez que amenazaba con desintegrar a la eurozona, estableciendo mecanismos que han permitido a los países más endeudados refinanciar sus pasivos a tasas impensables hace unos trimestres.

Las tasas actuales que pagan las emisiones de países como España, Grecia y Portugal son inclusive inferiores a las de la precrisis. Si bien la crisis de financiamiento se atendió exitosamente, la realidad es que las mismas autoridades financieras no han hecho lo suficiente para reactivar el crecimiento económico de la eurozona.

Como hemos mencionado anteriormente en este espacio, el principal problema fundamental es el de las desigualdades estructurales y la brecha de competitividad que hay entre las economías del norte y las del sur y entre Europa y el resto del mundo.

Durante los años de bonanza económica, las diferencias en competitividad fueron ocultadas por el gran boom de inversión extranjera y construcción en los países de la periferia. Estos países se acostumbraron a funcionar con tasas de productividad inferiores a las del norte, con la complicidad implícita de los países del norte que estaban dispuestos a financiar esta brecha, recibiendo lo que ellos percibían como una tasa de interés atractiva dado el nivel de riesgo.

El problema no termina ahí, ya que, a excepción de Alemania, la mayoría de la eurozona ha perdido competitividad contra el resto del mundo. Cerrar estas brechas de competitividad requiere del paso decisivo del Banco Central Europeo para tolerar una mayor inflación durante por lo menos cinco años, para contribuir a la reducción de la brecha en productividad y la reducción de los déficits públicos.

Sin embargo, el BCE podría seguir a la espera de datos económicos más contundentes antes de actuar.

Para muchos, la desaceleración de la economía alemana podría ser una situación temporal influenciada por el conflicto entre Rusia y Ucrania que ha afectado la confianza de los empresarios y los consumidores.

Lo que está claro también es que las autoridades deben ser más flexibles con las medidas de austeridad impuestas a los países de la periferia, haciendo el costo social de ajuste más manejable. Sin este tipo de medidas, Europa podría seguir estancada por varios años.