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Les platico: en el mes de marzo, mi contador me envió, en tiempo y forma, la cantidad que, según las operaciones realizadas sobre mis ingresos y egresos, tenía yo que pagar por los impuestos de febrero del presente año (este último dato con gusto lo firmaría Perogrullo; es obvio que el pago corresponde a febrero del presente año. Si la cantidad a pagar fuera de febrero del año pasado, las multas y los recargos me hubieran obligado, para solventar la deuda, a vender, entre otras cosas, mi coche y el de mi mujer. También podría vender a mi mujer, pero me dan más por el coche)

De regreso a la historia, les comentaré que, para mi sorpresa, ese mes le debía yo al fisco más dinero del que tenía en la cuenta de mi tarjeta de débito, donde me depositan lo que gano, con la que saco efectivo de los cajeros y pago lo que compro o consumo. Me aguanté el coraje nada más para que el presidente Peña Nieto no fuera a pensar que tengo mal humor social. Con la sonrisa en los labios y el hígado inflamado, recurrí a unos ahorros para completar el pago de mi deuda con el Servicio de Administración Tributaria (SAT). Reunido el dinero, fui a depositarlo, junto con los honorarios del contador, al banco, como lo hago todos los meses. De regreso a mi casa, a unos metros del banco, sobre la banqueta había (hay y habrá) una abertura cuya tapa, que tiene un rótulo con la palabra “agua”, está hundida a 7 u 8 centímetros de la superficie. No me fijé y la pisé. La hendidura hizo que el tobillo se me doblara, caí al suelo pegándome en la rodilla. A pesar del tiempo transcurrido, todavía hay días en los que la rodilla me duele. Impuestos de primer mundo. Servicios de quinta categoría. Aunque pensándolo bien, el letrero que tiene la tapa que me hizo caer, serviría de advertencia con sólo escribir en plural: “aguas”.

Le pregunté a mi contador: ¿cómo es posible que el SAT me cobre más dinero del que me sobró luego de mis percepciones y erogaciones? La respuesta del contable fue: es que las deducciones personales que usted tiene como persona física con actividad empresarial son muy reducidas. Me puso ejemplos. No puedo deducir un viaje a no ser que éste sea de trabajo y lo pueda comprobar. En mi oficio de escritor, todos los viajes me sirven profesionalmente, puesto que no sólo ilustran, sino que además, tarde o temprano, me servirán de inspiración o, simplemente, podré hacer una crónica de alguno de ellos. Además, ser pluriempleado para darle 30% de mis ingresos a la Secretaría de Hacienda y Crédito Blando, perdón, quise escribir Secretaría de Hacienda y Crédito Público y que ésta no considere que puedo deducir un porcentaje anual para tomarme unas vacaciones que alivien —aunque sea por unos días— el estrés que producen la actividad que ejerzo y la ciudad que habito, me parece una gran injusticia, por decirlo eufemísticamente. Está científicamente comprobado que pagar impuestos causa rencor y odio hacia cualquier tipo de autoridad.

La Ley del Impuesto sobre la Renta (ISR) estipula que, de los consumos en restaurantes y bares, sólo es deducible 8.5% de la cuenta, así sean éstos para arreglar un negocio —en mi caso una contratación— con uno o varios clientes. Esto ejerce para todos, sólo son deducibles a 100% los consumos en restaurantes y bares realizados a más de 50 kilómetros del domicilio del contribuyente. Cuando tengo trabajo fuera de mi casa —dirijo programas de TV—, hay un momento del día en que la producción da, a los que trabajamos en ella, una hora para comer. Yo vivo a 6 o 7 kilómetros del sitio donde habitualmente trabajo, en teoría, bien podría ir a comer a mi casa y regresar en una hora. Sólo que con el tránsito que hay en la ciudad a esa y a cualquier hora, el tiempo que hago para llegar a mi casa es de una hora y cuarto o una hora y media. Luego, tengo que comer fuera y sólo deducir de mis impuestos 8.5%; en realidad, pido factura de mi consumo para poder desglosar el Impuesto al Valor Agregado (IVA), el cual nunca, jamás, ha sido a mi favor, siempre hay una cantidad que debo pagar.

Yo, la verdad, con gusto pagaría los impuestos que pago sin quejarme si fueran bien gastados, pero basta abrir un periódico para decir: ¡Carajo, no se vale! En El Universal de ayer leí una nota firmada por Alberto Morales y Juan Arvizu: “A pesar del acuerdo de austeridad para los viajes internacionales, el Senado sigue pagando boletos de avión con costos que van de los 150,000 a los 213,000 pesos por legislador”. Pregunta: ¿A qué chingaos van al extranjero? En contraste, en La Jornada de ayer Laura Poy Solano publicó: “Poco más de cinco de cada 10 escuelas primarias del país no tienen garantizados los servicios básicos: agua, luz y drenaje. (…) Sólo 52.6% de planteles son considerados seguros por el tipo de material empleado para la construcción de techos, muros, pisos y cerco perimetral.

La publicidad oficial dice que el gobierno federal está moviendo a México, les pido que, sólo un instante, lo paren, quiero bajarme. Manuexit Ajexit.