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El presidente Enrique Peña Nieto no puede no padecer la obsesión de que su partido y su candidato ganen las elecciones de su último año.

Es una obsesión que va con el puesto, con la política en general, pero es una obsesión funesta, contradictoria con la función de gobernar para todos, que es función de los presidentes.

Como jefe de Estado, Peña Nieto enfrenta el clamor de una sociedad que le pide hacer cosas distintas, en muchos sentidos contrarias a los intereses de su partido, cuyos vicios y costumbres, por lo demás, parecen bien repartidos, bien clonados, entre la partidocracia toda.

La lista de pendientes de la nación a los que la Presidencia de Peña Nieto no ha respondido forma ya una agenda tan ambiciosa como las reformas logradas en el primer tramo de su gobierno.

Según mis cuentas, esa agenda incluye, en primer lugar, la corrupción.

En segundo lugar, la impunidad política y criminal.

En tercer lugar, la inseguridad y la violencia, con su oscuro horizonte de violación de derechos humanos.

En cuarto lugar, las deformidades del federalismo que dan a luz tantos gobiernos locales impresentables.

En quinto lugar, la fragmentación política que produce gobiernos cada vez más representativos solo del grupo que ganó el poder y cada vez menos representativos de la sociedad.

En sexto lugar, el silencio del gobierno federal cuyo discurso parece un monólogo que marcha en paralelo, sin tocarse, con el de los reclamos del ágora.

El Presidente Peña, como sus antecesores, enfrenta un insidioso dilema: tiene que olvidarse de las elecciones para hacer lo que debe como gobernante. Debe no ser jefe de su partido para poder ser jefe de Estado.

Pero olvidarse de las elecciones puede ser catastrófico para su partido y para él.

Ojalá la ecuación fuera tan fácil como decir que haciendo lo que debe como gobernante, ganará las elecciones, y la historia.

No es así. Pero quizá las elecciones del 5 de junio pasado le hayan demostrado al presidente Peña que tratar de ganar elecciones a como dé lugar, a estas alturas del desgaste priista, es una manera segura de perderlas.

El dilema sigue ahí: ¿debe gobernar los años que le quedan para el país o para el PRI?

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