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Cuando el reportero López-Dóriga le pidió al presidente López Portillo, quien lo llamaba afectuosamente “güerito”, se definiera políticamente como de izquierda o de derecha, el recientemente ungido presidente se salió proclamando su lejanía a lo que llamó “geografía política”. Lo demás ya fue perorata.

En realidad no se trató de un truco de retórica, que López Portillo manejaba de manera notable, sino de un reconocimiento de realidades. Desde luego, los conceptos de orientación, que son relativos según en dónde se coloque uno, no pertenecen a la geografía, que no muta: el norte siempre está en el norte.

En 1789, en las derivaciones de la Revolución francesa, la Asamblea de los Estados Generales, a la que no todos los estratos sociales eran convocados, las diferencias de postura política fueron resueltas de manera simple al someter a votación los disminuidos poderes del rey Luis XVI. Los partidarios del rey, clero y nobleza, se colocaron del lado derecho del salón. Los burgueses y otros libertarios, del lado izquierdo. De ahí la costumbre y nomenclatura.

Mucha agua ha lamido ambos márgenes del Sena, y los términos tan usados en la política contemporánea siguen buscando su significado. De manera muy esencial, e histórica, los seguidores de conservar el orden, los equilibrios de poder y lo anticuado, son de derecha. Los de izquierda abogan por el cambio y las causas del pueblo, su participación en el poder. O eso dicen.

Los términos se han manoseado tanto, que han perdido su significado original. Miles de políticos de derecha pueden tener ideas y conductas progresistas y cercanas a los intereses de las mayorías necesitadas y hay sedicentes izquierdistas que dan miedo.

Viene esto a cuento por los resultados de las recientes elecciones para el poder presidencial en dos países sudamericanos muy importantes: Perú y Colombia. Como la gran mayoría de los sudamericanos, los pueblos de Colombia y Perú han estado desde regularmente sujetos a un carrusel de gobernantes ineptos de uno u otro cabo del espectro político, preferentemente extremo. Como si no hubiera más opciones entre una dictadura férrea de uniforme galoneado, cruel en ejercicio, o un gobierno extremadamente demagogo y corrupto, aliado de las causas clericales.

Todo eso ha resurgido a partir de la maniquea división de América Latina según los gobiernos que tiene. Con los resultados en las elecciones de Colombia y Perú, algunos analistas afirman que América Latina está lista para cumplir la orden de flanco derecho, a las de ya.

La derecha que ganó las elecciones en Colombia puede parecerse al fascismo de Bukele en El Salvador, pero tiene sus propios matices.

La señora Fujimori puede resucitar el populismo del Chino, su padre, pero no es una derechista tradicional, ni se parece a Milei.

De la misma forma, la izquierda cubana se está desvencijando y la de Venezuela terminó sepultada por dos temblores sucesivos que hacen exclamar a Trump que los venezolanos son sus nuevos y fieles amigos a los que hay que ayudar.

Lo mismo pasa con las izquierdas. Nada que ver entre Lula da Silva y la política de Uruguay. Y no me vengan con el viejo cuento chino de que el gobierno de la Cuatrote, el de los priistas López Obrador y Sheinbaum, es de izquierda.

Por favor, seamos serios.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Sin autobuses de acarreo, sin torta ni chesco, cientos de miles de mexicanos se reunieron el otro día para celebrar el triunfo de México en el fútbol.

La noche del miércoles, si sumamos solamente las tres subsedes de la patada, los celebrantes que se pasaron la ley seca por el entresijo superaron el millón de fieles.

No me imagino, si los verdes avanzan un solo partido en los dieciseisavos de final mañana martes, lo que nos espera.

Claro que todo es un gran cuento: en el nuevo formato de la Copa, llegar a los 16avos en el 2026 es igual que iniciar de cero hace 4 años: con 32 países.

Es casi como el doctor Simi: lo mismo pero más caro.

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