Donald Trump desempolvó la guerra de 1846-48 como quien saca una pistola antigua para impresionar en una fiesta del presente
Donald Trump descubrió la historia como quien descubre un buffet, no para aprender, sino para servirse lo que le gusta y repetir el postre. Esta semana decidió celebrar los 178 años de la guerra de EU. contra México en los años 1846-1848, como si fuera una final del Super Bowl, convencido de que aquel conflicto explica —y justifica— su política migratoria, antidrogas, comercial, y en un descuido, hasta el fracaso del documental Melania en nuestro país donde al estrenarse hizo un promedio de cinco espectadores por función en 82 salas.
Para Trump, la guerra contra México no fue un episodio vergonzoso de expansión imperial, sino un tutorial del siglo XIX que sigue vigente: invadir primero, explicar después y llamar ‘derecho divino’ a lo que antes se llamaba rapiña. Según su versión, Estados Unidos no se expandió, se ‘defendió avanzando’. Una lógica tan sofisticada sólo puede nacer en un cerebro más revuelto que los cabellos que crecen en el cráneo que lo protege.
El orate anaranjado celebró con entusiasmo que México, a consecuencia de esa guerra, perdió el 55% de su territorio, como si fuera una estadística deportiva: ‘México, cero. Estados Unidos, medio país más’. No dijo nada de tratados desiguales, ni de la doctrina Monroe, ni del Destino Manifiesto, ni de la diplomacia cañonera. No, Trump prefirió el lenguaje épico: héroes, gloria, victoria y, por supuesto, supremacía militar. Porque nada es mejor para hablar de democracia moderna´que presumir guerras del siglo XiX para justificar muros en el XXI.
Pero lo más alucinante no es la deformación histórica, sino la sinceridad involuntaria. Trump no oculta que su ideología es del siglo XIX. Al contrario, la presume. Cree en el ‘derecho divino’ de controlar el continente como si la Casa Blanca fuera una monarquía o como si hubiera recibido un WhattsApp directamente de Dios con instrucciones precisas: ‘Querdido Donald vigila y dirige al continente y no olvides subir esta acción a ‘Truth Social’. El Destino Manifiesto versión streaming.
En el relato del magnate, Estados Unidos ‘ocupó heroicamente’ la Ciudad de México, en septiembre de 1847, se expresó con devoción de los generales Zachary Taylor y Winfield Scott, símbolos —según él— de la supremacía militar estadounidense frente a un enemigo ‘numéricamente superior’. Lo que omitió es que la guerra se ganó por mejor armamento, recursos infinitamente superiores y un apetito territorial que hoy se disfrazaría de ‘seguridad nacional’
Que México perdió más de la mitad de su territorio es un hecho histórico doloroso. Convertirlo en celebración política revela algo más profundo: la incapacidad de distingue entre pasado y propaganda. Trump no conmemora la historia, la recicla. No la entiende, la explota. No la estudia, la saquea como territorio conquistado.
En la artificiosa cabeza de Trump los años 1846-48 no es pasado, es manual de instrucciones. La guerra contra México no fue una tragedia que enseñó los injustos límites del poder, sino un caso de éxito replicable en cualquier época. Por eso confunde bayonetas con argumentos; territorios usurpados con trofeos; y el ´derecho divino´ con política pública. El presidente de EU no gobierna mirando al futuro, gobierna mirando un mapa antiguo con ambición actual. Y cuando un presidente confunde historia con permiso, conquista con grandeza y fuerza con razón, no está defendiendo una frontera, está levantando un muro mental del tamaño del siglo XIX con la pretensión que el mundo moderno se estrelle contra él.
Donald Trump desempolvó la guerra de 1846-48 como quien saca una pistola antigua para impresionar en una fiesta del presente. No le interesa el contexto ni las consecuencias, sólo la utilidad política del ruido. Convierte la historia en utilería, la soberanía en anécdota y la fuerza en doctrina. Celebrar aquella guerra no revela grandeza, revela miedo al presente. Porque cuando el pasado se usa como amenaza, el futuro se queda sin argumentos y puede ser que hasta sin rumbo.
