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En estos tiempos de noticias falsas post verdad o supra verdad en que se alteran los hechos objetivos, a partir de construir verdades alternativas, para minimizar o desviar la atención, o más aún para desprestigiar, descalificar y destruir a los adversarios, suena sensato el reciente llamado del gobernador de Tamaulipas, Américo Villarreal, a que se ejerza un periodismo con rostro.

Pero el que se firmen textos de análisis, opinión o información para validar lo que se publica es insuficiente en un contexto como el que se vive no sólo en México sino en todo el mundo en que las redes sociales empoderaron a los usuarios, crearon toda clase de los hoy llamados influencers y dieron pie a la articulación de campañas negras o guerra sucia en la que abunda el anonimato y el uso de herramientas tecnológicas para crear tendencias.

Campañas que son orquestadas no sólo de los opositores, sino desde el poder público mismo. Es la guerra mediática. Ejemplos abundan.

Hace años, el gremio periodístico -el que ha ejercido en las salas de redacción y los estudios de radio y televisión- advertimos el surgimiento de un denominado “periodismo ciudadano” al referirse a los usuarios de las redes sociales que, sin ningún rigor, emiten opiniones, colocan información sin sustento o dan validez a notas falsas, verdades falsas o mentiras completas.

Aparecieron opiniones desde todas las palestras: académicos, activistas, políticos o simplemente ciudadanos inconformes.

Luego entonces, no puede llamarse periodistas a quienes desde el anonimato inciden en la opinión pública de hoy en día… y mucho menos puede calificarse de periodistas a quienes articulan redes y espacios pagados para denostar y hablar bien o mal, según el mejor postor.

Los periodistas siempre firman sus textos y cuando no lo hacen, el medio se hace responsable de los contenidos… es el sello editorial de la casa.

Por ello, esperar que se ejerza un periodismo con rostro es correcto, pero no aplica en el mundo de las redes sociales donde hay un descontrol, pero posibilidades de intervención estratégica con información que genere contrapesos, siempre y cuando sea verídica y no sólo parcial.

Transparencia e información puntual son clave para atenuar esto que se ha dado en llamar infodemia que, específicamente significa que hay una sobreabundancia de información, tanto precisa como falsa o engañosa. Pero transparencia real.

Así como en otros tiempos la guerra ha sido por el control de la agenda mediática -no sólo de la información y la opinión-, la guerra en el ámbito de la comunicación hoy en día está no sólo en controlar esa agenda mediática sino intervenir en las redes sociales y las tendencias.

No está de más señalar -sin que este sea el caso de Tamaulipas- que para muchos periodistas el ejercicio del periodismo con rostro les ha costado la vida o la censura atroz desde el poder público y los grupos que se sienten afectados… o que hayan sido cooptados.

Humberto Mussachio, un gran periodista con militancia real de izquierda, escribió el libre “Cállense” en el que advierte -y cito- que “hoy en nuestro país la censura está adquiriendo nuevos rostros: ya no es sólo la llamada intimidatoria al director de un medio de comunicación, el súbito cierre de la llave presupuestal para negar publicidad o la horda de voces anónimas en las redes sociales, sino también un rico —y grotesco— repertorio de estrategias presuntamente judiciales para acallar la opinión adversa, la crítica, incluso la sabrosa burla ciudadana…” -fin de la cita.

Vivimos un momento complejo en el mundo de la comunicación en los medios…  El reto es enorme, donde entender que todos los que están en las redes o pululan en el anonimato no son periodistas… pero que influyen con verdades ciertas, verdades a medias o mentiras completas, en una guerra de narrativas que se exacerba en los tiempos electorales.